Barcelona, 22 de julio de 2008

Querido Andrés,

en breve nos encontraremos tras tu periplo ruso pero déjame inaugurar esta serie de correspondencia explicándote mi tarde de pandereta. Sabes, y bromeas cuando nos cruzamos en gmail, de mi curiosidad hacia el mundo taurino. Pues bien, el domingo estuve en La Monumental. Es la segunda vez que voy, justo un año después de la primera, y creo que tardaré menos en ir a la siguiente. Tengo todavía más interés y sospecho que si por algún motivo, familia o amigos, hubiera estado más cerca de los toros, me podría haber convertido en un gran aficionado. Soy, sin embargo, un espectador atípico, porque voy a La Monumental a ver los toros, con su público y su barra de bar. De sus gentes diré que hay turistas, pero también figuras de época, tipos de espalda ancha y callos en las manos, vestidos con más o menos gracia, desde el modelo jubilado que juega a la petanca a genuinas piezas de coleccionista estilo ganadero de la vieja escuela, con sombrero. Para darle más guasa al asunto nos sentamos junto a una madre y su hija: “Nosaltres no sabem si ens agrada, però és com el futbol, ho has de veure en directe”. Reconocí el acento catalán de Solsona y les pregunté de dónde eran, efectivamente. Un rato después la hija llamaba a una amiga para explicarle que estaba viendo a Francisco Rivera. Mientras, un vozarrón cruza la plaza: “Échale huevos al toro, como haces con los paparazzis”. Y la gente se ríe. Aunque el grito que más me gusta es el de “¡músicaaaaa!” Y la banda, si hace caso, se pone con un pasodoble. Por cierto, qué trágicos que son los pasodobles.

Como ves, el circo está dentro y fuera del ruedo. Pero en la arena hay bastante menos guasa y el duelo con el toro provoca un sentimiento contradictorio. Lo cierto es que el maltrato al animal es una salvajada, lo es. Pero también empiezo a entender porqué el toreo es un arte. Por eso me preocupa más que guste antes que haya o no corridas. Pero no entraré en el debate, hay que madurarlo. Sí te diré que en la plaza los silencios son sobrecogedores, que la imagen del hombre frente al animal es emocionante, y que jugarse la vida buscando la belleza en el movimiento es una de las tareas más disparatadas a las que uno puede dedicarse. Quizás también me atrae lo extraño del festejo, de su liturgia, del reglamento taurino y hasta de sus carteles, anunciando 6 toros 6. Nada más, pronto tendremos ocasión de comentar ésta y otras historias.

Ánimo.

3 thoughts on “Barcelona, 22 de julio de 2008

  1. Guau!.

    Creo que estamos en un grado parecido de aproximación al mundo taurino. Yo siempre he estado absolutamente en contra, pero los meses en Madrid me pusieron con contacto con personas que lo viven y lo explican tan apasionadamente, desde esa irracionalidad que no permite el debate, que me reconozco más débil en mis críticas.

    Yo no me atrevo a ir. Pero tu escrito me ha transportado a la plaza!.

    Gracias…con permiso de Andrés

  2. Indudablemente el mayor interés de las tardes taurinas radica en sus aficionados. Dejando de lado la poesía del enfrentamiento entre toro y bestia, más hermoso a medida que consumes más alcohol, como sucede con todo tipo de arte. El pasodoble tal vez representa parte de ese alma española, la que originó la Inquisición, la que expulsó a los musulmanes, la que se peleó contra la otra mitad durante tres años. Porque somos así. Aunque ahora Europa nos ahogue cada vez más en este mundo insoportablemente soportable. Los toros son el reducto de algo que no se explica racionalmente. Por eso hay en ellos algo profundo, en los que lo viven. España es también ese flamenco que llora penas, ese catolicismo trágico que mira siempre a la muerte y a la desgracia, que sospecha, que intuye que todo es un engaño. En cualquier caso, España me importa un bledo. Aunque a veces la echo de menos. La distancia es un tipo de ceguera.

    En cualquier caso si afecta a tu sensibilidad de alguna manera, mejor que repitas más regularmente. Así te acordarás de que no estás muerto. Que supongo que a veces sirve de algo.

    Yo hoy me desperté en la otra punta del continente. Me robaron parte de la renta, siguiendo los criterios rusos de reparto de bienes (básicamente consiste en que te jodes y te quejas a quien quieras porque no hay nadie para escuchar a los que se quejan con razón). Caricatura del capitalismo más atroz y estúpido. Luego he cruzado la avenida más concurrida de la ciudad con una guitarra española bajo el brazo y dos maletas. Finalmente un armenio ha llamado a un georgiano y he ido en su coche, junto a una vasca. El coche perdía algo de aceite y desprendía humo de vez en cuando de la parte delantera. Pero hemos llegado.
    He entrado al aeropuerto y he tomado un whisky. Horas después estaba en Roma. He tomado dos ron con cola. Y me he ido entristeciendo lentamente a lo largo del día. He llegado a casa y me he sentido frío hasta que mi madre me ha empezado a hablar en inglés y me ha dicho “ayúdame con los deberes”.
    Y sólo por esa frase creo que no fue un error venir.
    Claro que ir y venir es, a fin de cuentas, irrelevante para el sufrimiento.

  3. Sin lugar a duda que es triste ver el maltrato al animal, pero el ambiente en el ruedo es sobrecojedor y hay que estar allí para sentirlo. Sudor y sangre de toro pero también de torero. Para mi sin duda es un arte. Os recomiendo ir a ver alguna corrida en las Ventas o en cualquier otra plaza de andalucía.

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