Al límite

Para las fiestas de Navidad volví a Barcelona poco más de un mes. Una noche estaba en casa de mis padres, tumbado en el sofá, agotado por las obligaciones sociales cuando uno vive fuera y quiere, y debe, pasar tiempo con familiares y amigos. Eran las ocho y empezaban los informativos, en La Sexta creo. Que si los desahucios, los jueces, el PP, Rubalcaba, el indulto, los hospitales, bla bla… La India, Afganistán, Siria, ahora Mali, Argelia… Y sugerí a mis padres que no íbamos a tragarnos dos horas de informativos, por salud mental.

Entonces se me plantea un dilema. No es una reflexión nueva pero esta semana quizá haya llegado al límite. Me pregunto si somos conscientes del nivel de toxicidad de nuestra vida y cómo afecta a nuestro día a día la espiral de violencia, indignación, mentira e impotencia que nos rodea. El tiempo que ocupamos cada día en radio, televisión o medios sociales en algo que nos preocupa, enfada y estresa debe tener consecuencias en nuestro estado de ánimo y nuestra salud.

No hay que señalar a los culpables si aceptamos que tenemos lo que merecemos. Pero para los que intentamos llevar una vida honrada compartiendo alegrías, como si solo esto fuera fácil, es terriblemente injusto formar parte de esta sociedad destructiva. Siempre ha sido así, pero la intensidad actual es tal, que nunca nos habíamos visto tan indefensos.

¿Tengo que hacer mío el problema de la sanidad e irme a la cama de mal humor mientras la televisión pública nos bombardea con un anuncio para que las empresas de reciclaje ganen más dinero? ¿O me leo el libro de la primera conquista de un ochomil?

Adiós Antonio

El pasado 29 de agosto falleció en el Hospital de la Esperanza de Barcelona mi abuelo Antonio, a los 93 años. Dos meses más tarde que mi abuelo Ginés.

Ha sido un verano de hospitales, gestiones con el seguro y velatorios. Despedidas emocionantes, que no trágicas, de vidas completas, ambos.

Murcia y sus pueblos from Ginés Alarcón on Vimeo.

Antonio Soto Pérez, también murciano, nació en La Unión en 1919, y luego emigró a Barcelona, donde conoció a Abilia, natural de Cabezuela, Segovia. Nacieron mi tío Aurelio y mi madre, y mi abuela murió antes de que ellos cumplieran los diez años. Vivían en la Trinidad y fueron años duros.

Desde entonces, Antonio vivió su vida. Estos días estaba releyendo el Quijote y me ha hecho gracia recordarle viviendo su propia novela. Porque él tenía su mundo, castizo y romántico, de letras y cante minero. Recuerdo un viaje en coche a Segovia hace muchos años, en el que paramos en Burgos. Antonio, ¿cómo va?, le preguntamos en el coche. “Venía yo saboreando el nombre de los pueblos…”, contestó. Ésa era su prosa y su vida.

Hizo teatro, radio, y hasta toreó en La Monumental. Su pasión era el Festival del Cante de las Minas y contaba que, días antes de que Miguel Poveda ganara su lámpara minera, fue testigo de cómo preparaban la actuación con su amigo Pencho Cros.

Fundó la Tertulia de Cante Minero con su nombre, y este mismo verano recibió el premio Carburo Minero de manos del Alcalde La Unión. Su salud ya no daba más de sí, se lo advirtieron, pero él quería estar allí, era el reconocimiento a la dedicación de su vida.

Carburo Minero

Culto, bon vivant, con poca querencia por el trabajo, corrió la cursa del Corte Inglés hasta los 86 años. Pedía anís Machaquito de postre y en las últimas reuniones de navidad le daba por hablar con rima en forma de trovos. Citaba a Delibes, Arquímedes, Antonio Ordoñez, y a su amigo Pacomio Arroyo Rasero.

Al salir de la UCI, probablemente lo había soñado, dijo que había desayunado un bocadillo de jamón magro, un vaso de vino tinto y café con hielo. Luego pidió una lata de anchoas del Mercadona, y agua de Lanjarón, su favorita.

Dice mi madre que era muy optimista. No le afectaban los problemas y siempre veía la parte positiva: “Cuando veo el cielo azul le doy gracias a Dios por tener un día más”. Y día a día, que fueron muchos, cerró su novela.

Estandarte de La Unión,
me dejaste una minera,
estandarte de La Unión;
entregártela quisiera
y se ha secao tu corazón, ay,
como una mina cualquiera.

Miguel Poveda – A Pencho Cros

Fin de semana en Albania

La primera opción para disfrutar la playa este verano era el sur de Turquía, pero llegar hasta allí no es barato. Así que con Natyra nos planteamos la Grecia continental, cuyos hoteles pasan de los 400 a los 1400 por una semana, sin término medio. Acabas en un cuchitril o en un resort en condiciones pero carísimo.

Confiando en que más adelante podamos viajar a Europa, con las limitaciones que su pasaporte kosovar conlleva, convenimos que este año no hay playa y que vendrán tiempos mejores.

El otro día una amiga nos comentó que en Lezhe, al norte de Albania, un cocinero había abierto un hotel restaurante que ofrecía un menú degustación espectacular, volvía de Nápoles para apoyar su tierra, hacía su propio queso, bla bla… Total, como nos gusta comer, y yo nunca he estado en Albania, pues para allá que nos vamos.

Me habían avisado de que Albania estuvo aislado muchos años y en algunas zonas es bastante salvaje, en palabras de los propios kosovares, por lo que me espero lo peor.

A los cinco minutos de cruzar la frontera veo un bulto en la autopista. Me fijo bien y es un anciano reptando por debajo de la mediana. Empezamos bien. Al rato hay un chaval fumando un pitillo en el arcén, tres vacas y dos señores charlando. La autopista, además, te obliga a cambiar al sentido contrario sin señalizar. Ves que el carril se acaba y han cortado la mediana, así que te cruzas. Ni luces, ni conos, ni flechas.

Casi cuatro horas después de salir de Pristina llegamos al hotel. Parece un restaurante de carretera, les da igual el pasaporte y nos llevan a la habitación. Cuesta 25 euros la noche. La pintura es un conjunto de manchas, el lavabo no funciona, el colchón es incómodo y la luz se va cada dos por tres. Nos acordamos de nuestra amiga y nos vamos a la playa confiando en que la cena valdrá la pena.

La playa es un vertedero, no hay un palmo en el que sentarse sin basura. Hay tres coches aparcados en la arena, y como ha llovido, charcos de color y olor indescriptible. Nos damos media vuelta y en el párking del hotel hacemos tiempo dentro del coche, riendo, claro, no queda otra.

Llega la hora de la cena. Nos sirven siete platos: pulpo, pescado, gambas, tres raviolis y queso. No es que fuera un desastre, y entiendo que si vives en Kosovo te parezca extraordinario porque no abunda el pescado, pero un menú de bar español ofrece lo mismo por menos.

Nos vamos a la cama con la idea de largarnos lo antes posible más al sur, a Durres, que vendría a ser el Benidorm de Albania. Y si la autopista ya nos dejó claro el sinsentido cívico albanés, la carretera que pasa por Tirana es el descontrol más absoluto.

Imaginad una carretera comarcal, con baches, cruces a nivel, tractores, burros, motocarros y camiones. Pero lo peor son los adelantamientos. No esperan a que haya vía libre, sino que adelantan sin más, por el medio, obligandote a acercarte a tu derecha para no comerte el coche que viene, mientras vigilas al peatón, animal o máquina que esté circulando por el arcén en ese momento.

Durres es un atentado al buen gusto con edificios horribles en primera línea de mar, a cuál más feo. Si Montenegro ya me pareció disperso y poco afortunado, la costa albanesa es un atentado a la belleza del adriático. Por suerte, este segundo hotel, Vila Belvedere, es un oasis visto el panorama. Aunque el lavabo sigue sin funcionar y estropean las gambas, con lo fácil que es hacerlas al ajillo.

Albania es el país más loco en el que he estado, superando a Rusia y Cuba. Pero volveré. En el norte hay regiones donde no llega ni la policía pero dicen que al sur, donde apenas hay albaneses para destrozar el paisaje, hay playas bonitas.

Cuando vuelves a Kosovo tienes la sensación de entrar en Europa, que ya es decir. Nosotros hemos disfrutado la experiencia como tal, pero deprime ver cómo se han cargado un país.

Si queréis saber más sobre Albania, Fernando tiene varios posts en su blog sobre los balcanes:

En el país de las águilas 1
En el país de las águilas 2
El código de Lekë Dukagjini

En la wikipedia.

Y aquí un texto en inglés sobre Skanderberg, el héroe de Albania que luchó con los otomanos antes de volverse contra ellos, que no tiene desperdicio:

Baddass of the week: Skanderberg

Breve reflexión sobre la manifestación independentista

Detesto el nacionalismo porque da más importancia a una idea de país que a las personas que lo habitan. En política se deberían sustituir los sentimientos por la ética.

No he escuchado ningún motivo que nos haga pensar en un sistema más justo siendo Catalunya independiente. Porque creer que tener más riqueza va a cambiar algo es otra prueba de nuestra inutilidad.

Ahora bien, si la gente va a ser más feliz, adelante con ello. Tampoco me planto en la puerta de las iglesias a interpelar a los creyentes. Pero ojalá la próxima vez que más de un millón de personas salgan a la calle, sea para hacer nuestra vida mejor en algo más práctico y concreto.

Adios yayo

Hace tres madrugadas que falleció mi abuelo en el Casal de Curació de Vilassar. Llevaba años, meses y semanas en los que su salud empeoraba, lentamente al principio, y muy rápido en los últimos días, por lo que ha sido un alivio, por su propio sufrimiento y el de todos.

Mi abuelo Ginés nació en La Unión, Murcia, hace 85 años y pronto emigró a Barcelona. Sé que de chiquillo, durante la Guerra Civil, mientras caían bombas, recogía colillas por la calle para que su padre las fumara. Sé que se sacaba unas perras jugando al billar y que en las salas de baile no le costaba recibir el permiso de las madres para bailar con sus hijas.

Hizo la mili en la marina y no sabía nadar. Se casó con mi abuela, fue padre, y ante la escasez se marchó a trabajar a Suiza. Él y sus colegas leyeron mal un anuncio en el periódico y se plantaron en Zurich esperando la panacea en el trabajo cuando solo había un puesto. Por unanimidad decidieron que se quedara mi abuelo, al ser el único que debía mantener a una familia.

Nunca dejó de trabajar, de paleta o de lampista. Vivó en la Trinidad y en las casas baratas de Horta. Se construyó una casa en Alella y cambió Barcelona por el Maresme: Masnou, Vilassar y Mataró. Fue un catalán que nació en Murcia.

Su gran afición era construir maquetas de barcos que luego regalaba para devolver favores y simpatías. También pintaba y dibujaba. Tenía un taller en el que pasaba horas con la madera. Cuando de pequeño me preguntaban qué quería ser de mayor, yo decía carpintero, como el yayo.

Para mí fue mi abuelo, con todo el valor que pueda tener. Me llevó al Camp Nou por primera vez, el barça ganó al Betis por 4-2. Enmarcó mil pesetas de mi primer sueldo y me enseñó a conducir en el párking de un Pryca. Jugábamos a tenis y me llevaba a las obras donde trabajaba. Recuerdo los paseos con los perros por el pinar de Alella, mientras cantaba tangos de Carlos Gardel, y sentarnos a la sombra, él con su Lucky Strike sin filtro y una cerveza fría.

También recuerdo el último tango que bailó con mi abuela, hace muchos años, antes de que se le estropeara la rodilla. La quería mucho.

Tenía un gran sentido del humor, quiero creer que lo heredé. Era amigo de todos, hablaba con todo el mundo, y le apreciaban mucho. En sus últimos días en el Casal de Curació no podía moverse pero cuando tenía una mano cerca la cogía y le daba un beso. Sus últimas palabras fueron para su madre.

La mayor alegría, la que ha dado sentido a su vida, es cuánto nos ha dado y cuánto le hemos querido. Yo no puedo estar más orgulloso de ser su nieto y llevar su sangre. Siempre estará con nosotros.

Cosas que pasan al otro lado de Schengen

Shengen es un pueblo de Luxemburgo de 500 habitantes donde se firmó un acuerdo en 1985 para suprimir fronteras entre la mayoría de los estados europeos. No todos los estados miembros firmaron, como Reino Unido, pero otros que no forman parte de la UE sí lo hicieron, como Noruega. La ventaja para el ciudadano de a pie es poder moverse libremente entre países sin llevar el pasaporte ni solicitar visados.

Hace varios años, cuando visité a mi amigo Sergio en San Petersburgo, grabé una entrevista con un colega suyo, Raúl, profesor de español, que bien podría resumirse concluyendo que el mundo, más allá de Shengen, es otro. Desde que estoy en Kosovo empiezo a entender algunas cosas.

Hace unos minutos leía en Facebook a un amigo de Barcelona que se quejaba de que lleva un día sin gas en casa, y que parece que el problema tardará en arreglarse porque afecta a medio barrio. Un vecino comentaba que estaba con dos radiadores, helado de frío, que no pasaba de 9º, mientras otro le daba ánimos quejándose de vivir en un país de pandereta.

En Barcelona la temperatura ahora mismo es de 7º, en Pristina -8º. En mi zona el agua se corta cada día entre las 12 y las 16 h. aprox y desde las 23 hasta las 4 de la mañana porque la ciudad no tiene capacidad para depurar más rápido. No hay gas natural, y en casa es imprescindible tener velas y linternas para soportar los constantes apagones de luz. Solo el 15% de la ciudad dispone de calefacción central y tampoco es infalible.

El ruido de los generadores que usan los comercios es tan habitual como en verano el de las motosierras para cortar madera. Este invierno está haciendo tanto frío (hace dos semanas se llegó a 24º bajo cero) que la leña escasea. Cuando hay niebla, la ciudad se cubre de un manto de humo irrespirable.

El otro día salía en la tele un ancianito que había denunciado al ayuntamiento porque en su barrio, el Poble Nou, había baldosas “que bailan”. Y el señor se dedicaba a enganchar pegatinas de aviso en las aceras mientras sus vecinos le felicitaban.

En Kosovo es más seguro caminar por donde pasan los coches que por las aceras. Tengo un supermercado a escasos 50 metros de mi apartamento y no puedo levantar la vista del suelo. El motivo es una placa de hielo que seguirá allí, como mínimo, hasta la primavera. Cuando se juntan varios kosovares, la conversación suele empezar por el frío, se preguntan cómo lo llevan y qué sistema utilizan para calentarse.

Y esto es hoy. En 1999, un año después de la guerra, “cuando todo se apagó”, una amiga estuvo cuatro años sin ascensor. Vivía en el 12º piso.

Ojo, yo en Barcelona soy igual de idiota. Vivo en un 3º y cuando el ascensor no funciona maldigo mi suerte, pero no está de más, de vez en cuando, recordar aquello de los first world problems.

Aprovecho para recomendar el fantástico blog de un español en los balcanes, escrito por un cantabrón que vino a trabajar a Kosovo, donde explica estas y otras muchas cosas del día a día al otro lado de Shengen.

Llafranc, Casamar y El Transistor

El camí de ronda es una ruta que se extiende por el litoral de la Costa Brava y que era utilizado por la Guardia Civil para vigilar el contrabando. El tramo que conozco es el que une Calella de Palafrugell con Llafranc. Es un paseo agradable, abarrotado en verano, pero que en temporada baja, cuando deja de ser una rambla turística y el sol no chamusca el olor a pino, se puede disfrutar la belleza del paisaje caminando entre higos chumbos y brisa marina sin demasiadas interrupciones. La ruta culmina con vistas a la bahía de Llafranc, que Josep Pla describe así en su guía de la Costa Brava:

Passada la Punta d’en Blanc, s’entra en aigües de la badia de Llafranc i es veu la població estesa sobre la platja -panorama nocturn, a l’estiu, inolvidable,-. Als extrems, a garbí i a llevant, les cases escalant la muntanya. (…) La platja de Llafranc, resguardada a llevant per l’enorme mola del Cap de Sant Sebastià, té, contemplada del mar estant, a segon terme, dos petits turons – El Puig d’en Bonet i el Puig de Rais – que formen dues línies indescriptiblement gracioses, que donen a la corba elegant de la sorra un moviment d’una gran vivacitat. (…) D’una altra banda, la platja és tancada a garbí per una altra paret rocosa que dona a la platja una corba recollida i arrodonida. Situeu ara entre els límits d’aquestes dues parets rocoses, dos o tres-cents metres de platja magnífica, amb una corba de mar que és una de les més fines, dolçes i elegants de la costa…

En la entrada de la bahía se encuentra el restaurante Casamar con su reciente primera estrella Michelin. Es el primer fin de semana desde el premio y probamos el menú de degustación. La cocina de Quim Casellas propone, como es lógico, productos de la zona, sin riesgos innecesarios y sutil en lo creativo.

El dry martini de aperitivo, el foie con magrana y cítricos, o la espalda de cordero, son excelentes. De postre, crema de naranja (en la foto), y parfait de almendra con helado de turrón, magníficos.

No entiendo de vinos, y menos de blancos. Aborrezco la mayoría de vinos que acompañan las paellas de fin de semana. Sé que me gusta seco, y que tengo más probabilidades de acertar si se trata de Sauvignon. La experiencia en Casamar marca un punto de inflexión, por decisión del sumiller, llamado El Transistor.

Dorado, complejo, poderoso y delicado, el vino es de Rueda, uva Verdejo de recogida manual. Explican en la web de la Compañía de Vinos Telmo Rodríguez que los viñedos son viejos. Casi sentimos que no hemos venido a comer sino a beber. Se llama así porque de noche, para echar a los jabalíes de la región con delicadeza, ponen un transistor junto a las viñas.