Robert Hood (Fabric 39)

Han pasado cuatro mix-CDs de Fabric y los mismos meses pero recién escuchada, esta sesión merece unas líneas. El motivo principal es que la música de este set no se puede escuchar en el 95% de los clubs de techno. Y menos en CD, cuando escuchar el crujido de un disco ya es exótico. Robert Hood, el que fuera Ministro de Información en Underground Resistance y que cambió la trompeta por el vinilo, sigue fiel a su techno minimalista. Suena clásico, antiguo, a Detroit, aunque casi la mitad de los temas sean de productores europeos como Joris Voorn, Pacou, Steve Rachmad, o Adam Beyer. Es interesante cómo mantiene la esencia para que suene a Detroit, cómo evoluciona, se ocurece, gira al disco-house de The Greatest Dancer y se pierde con Ben Sims, explicando su historia: “It has to have continuity to take you on a ride. It should have a concept and be able to translate and read as such”, dice en la web de Fabric.

Aunque para oscuridad la de su propios temas. Hood ha publicado muy poco en los últimos años (los excepcionales Hoodmusic en Music Man) pero en este mix incluye una serie de ‘Elements’, que son fragmentos de sintetizadores y percusión, génesis de temas apenas estructurados que se intercalan a lo largo de la sesión. Duro en ocasiones y minimalista siempre, hasta en la mezcla, con transiciones rápidas, casi al corte. Una de las excepciones es The Greatest Dancer (M-plant, 2001), comentado antes:

Actualizado 24/09/08 13:08

Aunque la joya y esencia de Robert Hood en YouTube es The Pace (M-Plant 1996):

Fabric 39 (Fabric)
Robert Hood en Discogs y Myspace

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Odio Barcelona

Este post podría haber sido una crónica de la noche Minus en el BAM pero después de comprobar que casi todas las personas con las que hablé iban -ellos, y también sus amigos-, se me quitaron las ganas ante la previsible aglomeración. Así que en lugar de celebrar las fiestas de mi ciudad, Barcelona, acabé el libro Odio Barcelona (Melusina), doce ensayos de autores nacidos después de 1975 que rajan de su ciudad con más o menos salero. Hay varios que no he leído, o mejor dicho, he abandonado, por lo pretencioso de algunas redacciones, como si hacerlo demasiado difícil u original diera más peso a su opinión. Son estilos, más particulares cuanto más quieren dejar claro que se distinguen del vulgo, pero da pereza. Apenas son un par de excepciones, el conjunto es muy entretenido y con ideas ciertamente brillantes que alegra compartir.

Para Carol París, Barcelona vive  “en el suplemento de la Barcelona por venir; aquella que sigue quejándose, expectorando y siempre expectante de algo mejor”. Llucia Ramis se refiere a ella como marca, prostituída desde que se hizo un nombre, “Barcelona no sólo se vende, sino que además, se sabe vender”. Óscar Gual propone un ejercicio divertido, un formulario de entrada a la ciudad que plantea preguntas como ésta:

¿Cuánto modifica la torre Agbar de Jean Nouvel el skyline de la ciudad?
a) Lo modifica de una forma tan ligera como agradable, con el tiempo nos acostumbraremos a su presencia, como a la de la Sagrada Família.
b) Lo modifica tanto como las Cuatro Torres de La Castellana modifican el skyline de Madrid.
c) Lo modifica en un 32,4 %.

Philipp Engel se pregunta: “¿Qué hago yo aquí? o ¿En qué maldito momento de mi vida decidí que esta ciudad había de convertirse en el sarcófago tallado con las muescas de mi dolorosa educación sentimental? Faraón del absurdo, enterrado vivo con todas mis cosas. Esperando que al final todo tenga algún tipo de sentido. Drama. Drama con mayúsculas.” Javier Blánquez, viejo conocido de la prensa musical, se enciende con “la comunidad de los desarrapados que pretenden convertir la ciudad en un enclave medievalizado en el que se funciona por el trueque y la limosna, en el que se lleva la holganza, la precariedad y el vivir tirado”. Y añade: “Ni siquiera es culto dionisíaco al buen vivir ni un estilo alternativo de encajar en la sociedad […], pues se puede ser Dionisio duchándose cada día, trabajando con disciplina y pagando impuestos, sino un manchurrón humano en la civitas que era menor hasta que se instaló entre nosotros esa pérfida influencia que responde al nombre de Manu Chao”.

También me gusta la visión de Lucía Lijtmaer, que divide su espacio en fragmentos independientes. Uno de ellos dice así:

“En Barcelona ya nadie usa la palabra extrarradio, se habla de periferia urbana. Aún así nadie sabe situar la periferia urbana. No es Santa Coloma. Definitivamente, no es Hospitalet de Llobregat. Ni Sant Boi. Son demasiado importantes ya.
Hay una exposición en el Centro de Cultura Contemporánea sobre la periferia urbana de Brasil. Los jóvenes intelectuales van a esa exposición”.

Agustín Fernández Mallo, gallego, presta su máquina de escribir para que los ciudadanos digan la suya:

“Odio Barcelona porque odia al resto del mundo, pero Barcelona también es el mundo. No lo entiendo”.
“Odio Barcelona porque el centro es muy cuadriculado. Es ajedrez, preferiría que fueran las damas”.
“Odio Barcelona porque son tan fachas que quitan las corridas de toros”.
“Odio Barcelona porque todo está legislado”.

Si me hubiera preguntado diría que odio Barcelona porque lo mejor de esta ciudad es el clima y la comida.

Fiestas de Cabezuela

Este fin de semana he estado en las fiestas del Cristo del Humilladero, en Cabezuela, provincia de Segovia. Vimos el inicio del encierro en el campo, bebimos vermú y comimos cordero. Y escuché frases como: “Este mozo es grande, me tapará el viento de Fuenterrebollo”, “Lávate el hocico”, “Ahí van las mulas de dos patas”, y la brillante: “Los cantos ruedan y no se sabe dónde paran”, dicha por una prima de mi madre, indignada, cuando pusimos en duda que le sonara la cara de mi amigo Miquel, que vive en Barcelona y tiene cuarenta años menos. Las imágenes del vídeo corresponden a la Charanga Chicuelina, que actuó el sábado en la plaza mayor.

Bandas, dúos y solistas de piano bar

Hace varias semanas cogí un ferry de Bergen a Hantsholm, para cruzar de Noruega a Dinamarca. Unas 18 horas de viaje, creo. El barco de ida, siguiendo otra ruta, era lujoso, de los que tienen casino, gimnasio, teatro y restaurantes temáticos. Podías leer un rato en el Captain Bar’s, jugar al blackjack o ver un espectáculo de gimnastas saltando. Tampoco era un viaje largo pero tenía estas cosas. En cambio el ferry de regreso era más pequeño y sencillo. Tenía una terraza en cubierta, varios restaurantes y un salón acristalado. Aquel día y aquella noche el mar estaba agitado y era complicado no marearse o caminar sin agarrarse. Fuera hacía frío y el movimiento no aconsejaba encerrarse en el camarote tantas horas. Así que nos sentamos en el salón. Cuando entré le dije a mi colega: “He visto una panda ahí fuera…” Y un rato después entraron en la sala, fueron al escenario, levantaron el telón y se pusieron a actuar. The Dream Makers, son los que actúan en este vídeo tocando Sultans of swing:



No sé cuántas horas nos quedamos ahí sentados, cuatro o cinco con descansos. Era lamentable. Apenas media docena les hacíamos caso. Había familias enteras sentadas alrededor de una mesa, sin hablarse, dejando pasar el tiempo en la más absoluta apatía. También había un chaval tapándose la cara para dormir justo al lado de un altavoz y, en general, gente mareada, como desubicada. Y la banda tocando, ahora Dire Straits, luego Abba, Jackson Five, Bob Marley y demás temas que M80 o RAC105 se han encargado de destrozar en los últimos veinte años. La puesta en escena y el ambiente era terrible, tanto, que me convertí en fan de los Dream Makers. Creo que eran de un país del este. Imagino que deben hacer tandas, intercalando días o semanas. Deben llegar con su furgoneta y la aparcan en la panza del barco como los demás pasajeros, pero ellos no sólo tienen que trabajar, haya mala mar o no, sino que se ponen sus camisetas de intrumentos, y tocan, una y otra vez, los mismos temas, les hagan caso o no.

Recordé otros casos con situaciones similares. En un hotel de Tenerife cuando una noche en la terraza actuaba un dúo, él, con teclado multifunción, y ella, cantando y bailando canción ligera tropical ante la pasividad general. Y otro, en Ginebra, en un bar de cocktails en el que sólo había un barman y un pianista que además de tocar, cantaba temas de Coldplay como si estuviera en el Royal Albert Hall de Londres. Esta profesionalización del intérprete musical convertido en autómata no es tan diferente en el planteamiento de la que hacen tantísimos artistas reconocidos por el gran público. Sólo que aquí las miserias son, en muchos casos, más evidentes. 

A medianoche el ferry hizo escala no sé dónde, y fueron apareciendo en el salón unos veinte caminoneros, nórdicos y alemanes. Se sentaron en los sofás, solos o en grupo, algunos bebían cerveza y otros sólo querían dormir porque no tenían camarote y se tumbaban allí mismo. La banda seguía tocando, las familias se habían ido a dormir, y los camioneros escuchaban los últimos temas, de Guns’n’Roses y Metallica. Baladas terriblemente cursis que incluso algunos se atrevieron a cantar, seguramente fue el aplauso más sincero de la jornada.

Otra historia es la de Louie Austen, vienés de 61 años que hasta hace nueve actuaba en hoteles como crooner. Antes había estado en Las Vegas siguiendo la estela del Rat Pack, interpretando a Frank Sinatra y Dean Martin. Cuando volvió a Viena conoció a dos productores de música electrónica, Mario Neugebauer y Patrick Pulsinger, que le propusieron cantar sobre música electrónica. Austen explica en su MySpace que fue un golpe de suerte: “Una etapa muy especial de mi carrera empezó cuando tenía 53 años y me ha benecificiado enormente en la vida desde que puedo interpretar mis propias canciones y tener un público para ellas”. Esta actuación es de hace unos meses en Barcelona:

www.louie-austen.com
Louie Austen en MySpace