Shaqir Hoti: “El folk debe adaptarse a su tiempo”

Shaqir Hoti vive en un barrio alejado del centro de Pristina, en lo alto de una colina. Para llegar a su casa hay que subir una cuesta tan pronunciada que tuvimos que esperar unos días para no encallar en la nieve.

Cuando llegamos, Emine Vala, amiga que ejerce de traductora, y Eni Nurkollari, fotógrafo, nos invitaron al salón y nos sirvieron té, al estilo turco, como es habitual en Kosovo, con azúcar y limón. En la habitación, que conecta con la cocina, hay varias mujeres cocinando, el nieto que corretea por la sala y un hijo que entra y sale.

Supe de él cuando se organizó el festival de flauta de Pristina. Me hablaron de su taller, donde fabrica sus propios instrumentos, y de su trayectoria al frente de la música popular kosovar.

En mis estancias en Kosovo he echado de menos el folklore. Salvo por los gitanos con sus tambores, la música de influencia turca, y el tallava, que sería a la música balcánica lo mismo que el reggaeton a la salsa, apenas he escuchado sonidos autóctonos. Temo que Shaqir sea el último superviviente, y que Kosovo, más preocupado por su futuro, se olvide de su raíz musical.

Con el té en la mesa enciendo la grabadora del iPhone. Shaqir explica que en el folk albanés uno de los instrumentos más antiguos es una flauta hecha con materiales de la naturaleza que los padres daban a los niños para que tocaran mientras cuidaban a las ovejas.

Su primer contacto con la música fue en las montañas de Rugova, de niño, cuando tocando con un amigo, uno marcaba la línea de bajo y el otro la melodía principal. En 1954 fue a estudiar secundaria a Prizren, pues era la única escuela musical de Kosovo. Pero como no hablaba serbio, volvió a las montañas y aprendió el idioma con un diccionario. De vuelta en Prizren acabó el curso y completó los estudios superiores en música. En 1967 empezó a trabajar en la Orquesta de Radio y Televisión de Pristina como flautista y acabó siendo el director y productor.

En paralelo fundó la orquesta Azem Bejta, pieza clave en el desarrollo de la música popular kosovar, que llegó a emplear a 40 personas.

¿Qué dificultades había para difundir la música popular albanesa durante el régimen yugoslavo?
Musicalmente ninguna, pero sí con las letras. Cualquier palabra que tuviera una connotación nacionalista censuraba la canción. Era una cuestión ideológica. En los conciertos necesitabas que el repertorio fuera aprobado por tres organismos: la comunidad cultural local, el comité estatal y el Ministerio del Interior. Una vez tenías los sellos no se podía cambiar una palabra, y si el público pedía un bis no podía tocar una canción nueva sino repetir alguna de las anteriores.

¿Cuáles son las referencias musicales del folk albanés?
La primera muestra de música popular es el burimore, que podría traducirse como fuentes naturales, como el sonido del agua. Era una música muy simple y anónima, que expresó durante siglos nuestra forma de vivir. Los instrumentos eran muy sencillos. Yo no ví un piano hasta los 15 años. Y muchos de aquellos instrumentos se estaban perdiendo, como el lahuta (flauta travesera de madera). Antes, cada pueblo tenía un intérprete, pero ahora solo queda alguno en la ciudad de Shkodra. Sentí que era mi deber salvarlos.

¿Cómo?
Me he centrado en tres aspectos: volver a fabricar esos intrumentos, interpretar música con ellos, y componer música para otros instrumentos con las melodías del burimore.

En algunas regiones de occidente la música popular ha resurgido en la última decada, reivindicada por los jóvenes como signo de identidad. ¿Ha percibido lo mismo en Kosovo?
Justo después de la guerra, en el año 2000, hubo cierta demanda, pero no demasiada. El tallava ha sido lo que ha tenido más éxito, aunque este último año estoy notando interés de nuevo.

¿Qué hace para mantenerlo?
Intento tocar donde sea, nunca ignoro una propuesta y colaboro con artistas de pop o rock. El folk tiene una máxima y es que es música que se adapta a su tiempo, así que tenemos que adaptarnos a la época en la que vivimos. Para ser honesto, hasta el año pasado era muy escéptico sobre la supervivencia de la música popular pero vuelvo a ser optimista.

En el salón hay una mesa con un ordenador, tarjeta de sonido y altavoces. Shaqir abre un secuenciador y nos enseña sus últimas mezclas. Está grabando todas las canciones que recuerda, creando su propia base de datos digital. Luego nos lleva a su taller, es un viaje en el tiempo. Allí crea instrumentos con el hula hop de su nieta, con una tubería o con un rotulador. Veo una quijada de cabra sobre la mesa y una escopeta con agujeros que se toca como una flauta, dice que es un arma humanista.

Nos despiden con un buñuelo recién hecho, y le prometo que a mi vuelta le llevaré un disco de folklore español. Bajando por la cuesta, Emine me dice que vuelve con sentimientos encontrados. Siente lástima por su taller sin calefacción pero sale cargada de ilusión. Yo pienso en cómo habría cambiado su vida si Hoti hubiera nacido en San Francisco o Nueva York, pero dudo que hubiese sido más feliz.

Fotos: Eni Nurkollari

DJ Timber: “Aprendí español escuchando boleros”

Timber es uno de los pocos DJs de Barcelona que pincha salsa dura de los 60 y 70 con vinilos si no el único. Es irlandés, bboy, rumbero y coleccionista de discos. Timber es una expresión de leñadores que se utiliza cuando un árbol cae, le pusieron este nombre porque caía bailando break dance (él prefiere llamarlo bboying). Salta de YouTube a Spotify, de la película 80 blocks from Tiffany’s a un vídeo de Ángel Canales llorando en Panamá. Este domingo por la tarde pincha su salsa brava en La Resistencia (Hospitalet).

¿Cuáles son tus primeras referencias musicales?
A los trece años empecé a escuchar hip hop. Desde niño me había gustado bailar como bboy. Un amigo me pasó un par de cintas de rap que escuché 20.000 veces. Fui entrando en el mundo del hip hop, pero buscando los breaks que utilizaban para samplear me di cuenta que más que el rap, lo que me gustaba eran los orígenes, la música negra y latina de los 60 y 70.

Y bailabas break.
Sí, practicábamos en un garaje. Éramos inocentes, teníamos un vídeo y copiábamos lo que veíamos. Luego conocí a los Belfast City Breakers y los Twins, quienes me ayudaron a entender la cultura bboying. Sigo bailando pero menos de lo que quisiera por molestias en la rodilla.

¿Qué aprendiste?
La actitud de que puedes hacer lo que quieras sin depender de nadie. Yo soy el que manda. El baile es un enfrentamiento, tú tienes que ser el más bravo, el más bueno y el más malo. Además es algo tuyo, nadie te va a decir cómo tienes que mover un dedo. El bboying es callejero, no hay academia, viene de la calle, como la salsa. También aprendes a ser humilde.

Luego empiezas a pinchar.
Un amigo se compró unos platos y vinilos de hip hop. Le dije que eso era una mierda que nadie usaba. Pero fui a su casa, hice un scratch y ya estaba enganchado.

¿Qué música te interesaba?
La que bailamos en el bboying. La descarga de la batería, el break, el punto más rítmico y con más energía del disco. Descubrí clásicos del funk como Its just begun, de Jimmy Castor o Apache, de Incredible Bongo Band. Pero no sabía por donde empezar. En Belfast solo había una o dos tiendas de discos especializadas, pero en Manchester quince. Fui a estudiar allí y me quedé. Me invitaron a bailar en una fiesta y les propuse que me dejaran pinchar. Nunca me había planteado dedicarme profesionalmente como DJ pero empecé a hacerme un nombre en el circuito inglés.

¿Y tu interés por la música latina?
La cultura del baile bboying viene de Nueva York, y en la segunda generación había negros y puertorriqueños. Por ejemplo, la base del boogaloo son ritmos latinos (guajira, cha cha cha) mezclados con ritmos afroamericanos. Se influyeron mutuamente.

Y empieza tu búsqueda.
Encontré cosas como Together de Ray Barreto, que es pura dinamita, Willie Colón y Héctor Lavoe, Roberto Roena, etc. Al principio solo buscaba canciones que tuvieran el sonido de la batería americana, del break, y como la salsa no la tenía, la dejé de lado. Pero fui afinando el sonido latino. Luego escuché el soul de Joe Bataan, Joey Pastrana, Fania Records, Azuquita, Paul Ortiz y la Orquesta Son… La energía de esa música es la misma del bboying, y quien no lo vea está ciego.

¿Qué encontraste en Barcelona?
Pensé que en esta ciudad no había nadie a quien le gustara la salsa buena, solo la que pinchan en discotecas como… Mejor no digamos el nombre para no hacer publicidad de los malos. Cuando fui a ciertos sitios pensé: ¿Dónde están el boogaloo, la descarga y el mambo? Todo sonaba igual, sin gracia.

Aquí no hay cultura del DJ o de la música latina.
Hay mucha gente que va a bailar salsa tres horas a la semana. A mí no me parece mal, el problema es que predomina eso, a diez euros la entrada y la copa. El negocio está allí, en la gente que lleva tres años bailando y no sabe quién es Héctor Lavoe. Bailan salsa para pasar el rato y conocer gente, no es por cultura musical.

De la música latina te interesa sobre todo la salsa dura ¿Por qué?
Porque es la salsa real, la verdadera, tocada por músicos, la salsa de hoy parece que está hecha con ordenador, y a mí me gusta el toque humano.

La salsa actual es monótona.
Está muy bien para la gente que quiere aprender a bailar porque todo suena igual, es un patrón sin variación. Pero si escuchas a Cachao o Joey Pastrana, es diferente. Siguen un ritmo determinado pero también juegan con él. Es lo que da alegría a la música. La salsa comercial tiene sentido para aprender a bailar pero lo importante es salir de ahí lo antes posible. Porque no tiene swing. Esa salsa tiene su sitio, pero no es el mío.

Decía Mongo Santamaría que el guagancó nació cuando los afrocubanos intentaron cantar flamenco.
¿Ah sí?

Lo pone en la Wikipedia.
La salsa es africana, luego es cubana, puertorriqueña, y neoyorquina.

Pero entre África y Cuba está…
Europa.

Está España.
Y Francia, por el danzón.

Pero es la música de los colonizadores españoles y la de los esclavos africanos la que deriva en el son cubano y después en la salsa.
Y luego los cubanos como Machito se fueron a Nueva York en los años 40 a escuchar a los grandes del jazz y acabaron tocando juntos a las cuatro de la mañana con una botella de ron. Y emigraron los puertorriqueños, que son los padres de la gente que empezó con el break, los nuyoricans, nacidos en Nueva York pero con su identidad latina.

Y tú conectas con eso siendo irlandés.
Sí, porque los primeros bboys venían del gueto. Y en Irlanda del Norte había otro tipo de gueto por la división entre católicos y protestantes, donde tienes que estar en un lado u otro, porque si te quedas en medio estás solo. Yo quería salir de ahí y entrar en algo creativo que no fuera la violencia, muy dominante en la cultura de mi país. El 90% de la gente no quiere pero todos están metidos de una forma u otra. Casi todas las escuelas son protestantes o católicas, enemigas.

¿Cuál era tu situación?
Mi madre es profesora de piano y traía alumnos a casa de ambas escuelas que luego eran amigos míos. Con siete años mis compañeros de clase me decían que los otros eran unos hijos de puta. Y yo les explicaba que mi amigo Paul iba a esa escuela y era buena gente. No lo entendía, iba un poco perdido. Por eso conecté con el hip hop. Cuanto más aprendí más pude relacionar mi pasado como adolescente en Irlanda del Norte con lo que ocurrió en Nueva York, aunque eran circunstancias completamente diferentes.

¿No te sorprende a tí mismo tu pasión por la salsa? Eres de Belfast. África y el Caribe están muy lejos.
Es cierto, pero en Irlanda también tenemos música de tambores. Lo que hicieron los celtas supongo que no es muy lejano de lo que hicieron en África.

Digamos que en todas las culturas los orígenes de la música son tribales.
Y luego es que, independientemente, es música muy buena. A mí me encanta la comida tailandesa y tengo menos de asiático que de español. Pero yo llegué a la salsa después de un largo camino.

¿Es lo que más te interesa ahora?
Escucho más salsa que cualquier otra cosa. Además me encanta la lengua española, es mucho más bonita que la inglesa.

Tienes una mezcla de acentos latinos al hablar.
Aprendí español escuchando boleros, porque con guaguancó, mambo o guaracha no me enteraba de nada. Y mirando entrevistas en YouTube con músicos latinos. Por eso a veces digo expresiones colombianas o puertorriqueñas que son de los 70, o sea, que es un caso más perdido aún porque hoy ya no se utilizan. También tengo muchos amigos de Colombia y Venezuela.

¿Pinchas regularmente en Barcelona?
Los viernes estoy en el Dostrece. Pero me muevo más en el extranjero, pinchando en festivales de bboying. Lo que sería bueno es tener un sitio para los rumberos, los amantes de la salsa dura. Parece que está arrancando, hay más actuaciones de orquestas y pincho más hoy que hace dos años pero me da igual si pincha otro, también quiero escuchar música buena y bailar.

¿Bailas salsa? ¿Cubana?
Salsa callejera, es una mezcla de estilos, voy jugando. Cuando bailo con alguien de academia que da mil vueltas es horrible. Las chicas me dicen que tengo que marcar más. Pero al bailar, la música te lleva, bailáis los dos, no es cuestión de esperar a que el hombre te haga hacer mil figuras. Eso no me interesa, yo doy dos o tres vueltas, o ni eso, puedo bailar solo.

DJ Timber y la Orquesta de Lenin Güiroloco Jiménez actúan este domingo 15 de mayo a las 17 h. en La Resistencia (Hospitalet de Llobregat).
Timbertron.blogspot.com

Todos contra Pitchfork

En una conversación reciente con Enrique Doza, y en alguna otra charla con amigos, hemos comentado el cansancio que nos produce la tendencia indie-mainstream de medios de referencia de la música moderna como Pitchfork.

Entendiendo indie como música independiente, hasta hace unos años las vías de difusión de este movimiento eran más limitadas y locales con pocas revistas, programas de radio, clubs y festivales. Había que hacer el esfuerzo de ir a buscar esa música que, por lo general, aportaba más a un grupo de personas con un criterio musical más exigente que la mayoría.

Lo de la música independiente, o alternativa, fuera de las majors, los sellos pequeños, y la filosofía de hago música para minorías y no me importan vender, no tiene ningún sentido. Poco nos importa si el disco lo publica Rough Trade o Sony. Si la música es buena aceptamos Beyoncé. Antes había que ir con más cuidado en los círculos cerrados, pero eso ya da igual… casi siempre. Porque a los programadores del FIB y Monegros les ha caído una somanta de palos por llevar a Julieta Venegas y David Guetta.

En los últimos años, gracias a las redes sociales, esta música moderna, indie o alternativa, llega a más personas. Lo cual es muy positivo, porque las tan criticadas faltas de vías de difusión son cada día mayores. Pero al mismo tiempo se produce una tendencia de escuchar lo mismo, lo más nuevo. Y los líderes de opinión como Pitchfork lo inundan todo, generalmente yanki o anglosajón, como si fueran Los 40. No son los únicos, no hay que ir tan lejos.

A mí esta música me aburre, cuando sale alguien con talento el flechazo es inmediato, pero en general la mayor parte no me gusta ni me la creo. Tengo amigos que ya llevan más tiempo en la psicodelia que en la actualidad, decía Jimmy Edgar que no escuchaba música posterior a los noventa, a Ricardo Villalobos le va el jazz y la clásica, otros directamente se quedaron en Depeche Mode.

A mí me llenan mucho más el folklore y las músicas populares (y del mundo). Hace un par de años aterricé de La Habana directamente en el BAM, Plaça Reial, en un concierto de Patrick Wolf “vestido de baturrico” (Ramiro Benavides dixit). Yo, que venía del calor cubano, de la camiseta de tirantes y la minifalda, me encontré en medio de una farsa. Esto no es lo mío, yo soy más de congas.

En esta música, sobre todo indígena y negra, todo es más honesto, puro y original, hay menos contaminación y más instinto. Porque El Guincho está muy bien, pero el calypso, la salsa, la cumbia y África son anteriores y pasan desapercibidos para demasiados aficionados a la música. Por no hablar del jazz, el funk o el soul, otra historia, menos ignorada pero igual de injusta en proporción a la calidad de lo moderno.

Sigo cada semana escuchando todas las novedades que puedo, y llevamos una gran temporada con James Blake, Nicolas Jaar, Burial, Colin Stetson o Egyptrixx, por citar cinco nombres, para mí tan importantes y necesarios como Amador Ballumbrosio y el zapateo afroperuano.

A finales de los ochenta, con la explosión de la world music, parecía que por fin se iba a regularizar la recepción de sonidos de todo el planeta. (…) parece que ahora nos conformamos con sacar tres africanos al año y un par de latinos chic. (…) No encuentro en el planeta indie tantos jóvenes que superen a Seun Kuti, ni cuarentones que alcancen a Tiken Jah Fakoly. Apuesto a que hoy menos del diez por ciento de lectores de esta revista atenderían a una reunión de tótems como Oum Kalthoum, Héctor Lavoe, Rubén Blades, Violeta Parra o King Sunny Adé. ¿Por eso no los sacamos?”

Víctor Lenore, Rockdelux 293 (marzo, 2011)

La militancia del Nitsa

 

Hace unas semanas, con motivo de las jornadas Cau d’Orella, se debatió, en una de las mesas, sobre la Barcelona de los años 90. Participaban Albert Salmerón (Producciones Animadas), Fra Soler (Nitsa), Numaestro (Iberian Records), y David Puente (Clubbingspain.com). La primera conclusión fue que la década de los 90 empezó en el 95 ó 97. Explicaba Salmerón que en una de las primeras ediciones del Festival de Benicassim pincharon electrónica en un club y el público se quejó porque quería escuchar Oasis. Los mismos que al año siguiente saltaban con Chemical Brothers en el velódromo.

Se habló, entonces, de la coartada intelectual, del momento en el que a la electrónica se le reconocen unas virtudes de calidad y vanguardia gracias a un público minoritario que lee revistas, a la prensa, DJs, programadores, etc. Que en realidad son aficionados a la música que montan clubs, DJs que escriben, o incluso periodistas que salen de noche y bailan. El fenómeno crece rápido.

En mi caso, así lo expuse, después de vivir unos años en Madrid en los que no salí de Malasaña, vuelvo a Barcelona en el 98 con un disco de Daft Punk, dos de Chemical Brothers, y una cinta del sonido rave británico de principios de los 90. A la semana de llegar, les pongo la música a mis ex-compañeros del colegio y me dicen que vaya al Apolo.

Fuimos al Nitsa, y volvimos a la semana siguiente, y a la otra. Nos sacamos el carnet del plastic. El club enviaba a los socios un programa mensual. Era un libreto en el que por cada artista invitado había tres párrafos que explicaban su música, influencias, sello, etc. Aquellas lecturas eran apasionantes, yo no conocía a nadie. Mira, este día viene un japonés, vamos. Este no es un DJ pero va a hacer un directo con teclados. Acid house, no sé qué es. Este produjo a Primal Scream, vamos. Y al poco ya distinguías el sonido de Colonia, la IDM y el house de Chicago.

Planteé a la mesa que estos párrafos, en los últimos diez años, se habían reducido a un par de líneas. Fra contestó que antes, conseguir la información era más complicado y había que rebuscar en revistas extranjeras, y ahora ya llegaba por otras vías, Internet, etc. Pero el sentido de mi comentario era que en esos años ibas al club a descubrir música, a sorprenderte. Sabías que en el Nitsa encontrarías lo mejor que podía estar sonando en el mundo en ese momento y que, además, nunca antes habías escuchado (imposible hoy).


La sensación de entregarse y dejarse llevar, de saber que te van a sacudir. Sensación que hoy no se experimenta, porque hay menos riesgo en la programación, más oferta, nosotros consumimos música desde el sofá de casa y sin demasiada necesidad de evasión. El público de hoy imagino que sí la tiene pero quizás la ambición por la propuesta artística es menor.

“Lo que pasa es que os habéis aburguesado”, dice Alejandro Rodríguez (Bubisan), “y yo no hablaría de coartada intelectual sino de militancia”. Ahí coincidimos. Aquellos años íbamos a nuestro club. Subías las escaleras y te emocionabas al acercarte a la música. Ibas a ser feliz, era tu agujero. No había nada más, éramos militantes.

Recibías impactos por primera vez en tu vida como el macarrismo de Le Hammond Inferno, las locuras de Rephlex, el primer directo de Les Rythmes Digitales, Dave Clarke repartiendo estopa, la finura de Michael Mayer, Fantastic Plastic Machine rompiendo vinilos, Ian Pooley tropical, David Holmes pinchando soul, DMX Krew (qué bien sonó siempre el electro), Paul Johnson en el set de nuestra vida, etc. Y si el DJ era un desastre, daba igual, ahí estaban los residentes para levantar cualquier noche. Luego se inventaron lo del Astin y el Primavera Sound, y ahí estábamos.

Si volviera a tener veinte años mi club seguiría siendo el Nitsa, pero echaría de menos las alegrías techno-pop de la Picnic, tumbarme en la Def Room con aquella humareda densísima, entrar y salir, ciego y sordo, por la misma puerta. Me gustaba que durante media noche la única luz fuese la de la bola de espejos. Y me pondrían nervioso los veinte tipos con peto fosforito que te dicen cómo ponerte en la cola y dónde fumar. Pero este exceso de control es muy de nuestras ciudades. No hay otra.

Han pasado más de diez años, sigo escapándome un par de veces para ver a Robert Hood, Matías Aguayo o Ángel Molina. Se me pasaron Four Tet y Actress, iría para Nicolas Jaar y tengo ganas de una noche Desparrame. Perdí el carnet del plastic pero hay que mantener aquello de la juventud baila.

(La foto es de Alexander Robotnick).

Discos que molan o cómo ahorrar 100 euros con Spotify

Decía Jesús Brotons (Vice) que su objetivo era tener todos los discos del mundo. Nunca he llegado a tanto pero cuando un disco ha pasado por mis manos he intentado escuchar todas las canciones, como mínimo saltando, porque mi teoría decía que todos los discos debían tener un tema bueno. Ya no lo pienso, aunque lo sigo intentando con los recopilatorios.

He pasado muchas horas en las tiendas de discos. En la mayoría ni siquiera se podían escuchar pero me entretenía buscando por sellos, estilos, mirando portadas, discografías, saldos, etc. Pero como ya no tengo ningún interés en los formatos físicos sigo las novedades por Spotify. 100 euros en discos de una tarde cualquiera ahora me dan para un año de premium.

Utilizo varios sistemas. El primero y más habitual es copiar y pegar el nombre del artista de cualquier blog o medio. También miro Pitchify, que enlaza novedades interesantes con las críticas de Pitchfork y similares. Otra opción es We are hunted, que recopila los temas más populares de corte indie en las redes sociales. Pero lo más entretenido es revisar los últimos 3.000 discos publicados en Spotify, ordenados por popularidad. Son necesarias lecturas en diagonal, intuición y suerte, pero el riesgo es menor que pasar por caja. También descubro mucha música gracias a las listas de los selectores de Spotifare.

Este es un ejemplo de grandes discos de las últimas semanas, que vendrían a costar lo mismo que diez copas, tres o cuatro cenas, unos Levi’s o una suscripción de un año:


Nicolas Jaar – Space is only noise (Circus Company, 2011)


James Blake (Polydor, 2011)


Isolée – Well spent youth (Pampa Records, 2011)


Discodeine (Dirty, 2011)


Salsa, a musical history (Codigo Music, 2010)


Sofrito: Tropical Discotheque (Strut, 2011)


The history of the house sound of Chicago – part 2 (High Fashion, 2010)

Warm-up! Un repaso a la prensa musical, del kiosco a internet

WarmUp

“¿Cómo hacer llegar al público la emoción de un subgrave?, ¿a qué sabe un beat?, ¿cómo poder explicar la belleza intangible y convulsiva de la música de Burial? Eso es lo que intentamos los que nos dedicamos a esto”. Luis Lles prologa con estas palabras el libro Warm-up! Un vistazo a la prensa musical electrónica en España, 2000-2010 (nausícaä), publicado por el periodista albaceteño Fernando Fuentes.

En este repaso a diez años de profesión hemos colaborado un buen número de periodistas explicando nuestro visión del periodismo musical. Estas son mis respuestas al cuestionario que nos pasó Fernando:

¿Qué balance haces de esta década -2000-2010- de prensa especializada en música electrónica en España?
Es la década de la transición del papel al digital y, en concreto, a los nuevos medios. Si hace diez años el epicentro de la información musical eran las revistas, de pago y gratuitas, y alguna web, ahora son los blogs y los mensajes en Twitter y Facebook. La información que se publica sobre música ya no está solo en manos de los periodistas, sino de cualquier aficionado, muchos de ellos expertos que nunca escribieron en ninguna revista. Pero los nuevos medios les han dado la oportunidad de publicarse ellos mismos, y aportan tanto o más que los periodistas. Incluso de estos, seguir sus tweets o comentarios, vídeos, y enlaces que cuelgan en Facebook es más interesante que la información estática sobre el papel. En este sentido solo las páginas web pueden seguir el ritmo. Hoy, además, no se concibe leer sobre música sin escucharla. Al principio de la década teníamos algún programa de radio, y los CDs que acompañaban algunas revistas, ¡doce canciones al mes! Los mismos que podemos escuchar en una tarde haciendo cuatro clicks.

¿Cuáles han sido las principales publicaciones españolas -en formato revista, fanzine, tabloide, etc- que destacarías por su calidad, emergencia y relevancia? ¿Y extranjeras?
Españolas, sobre todo Rockdelux y Go Mag. También destacaría las ya desaparecidas AB, Self, e incluso el primer Pais de las tentaciones. Extranjeras, The Wire y la antigua The Face.

¿Y en lo qué respecta al medio radio y medios webs, e-zines, etc?
La primera época de Siglo 21, clubbingspain.com, scannerfm.com, y hoy hacen un buen trabajo en playgroundmag.net.

¿Piensas que fue realmente durante esta primera década del siglo 21 cuando se consolidó una escena profesional de medios dedicados a la difusión de la música de vanguardia?
Por el número de revistas que empezaron y acabaron desde el año 2000 hasta hoy no parece que haya habido una consolidación. Y si antes ya casi no había periodistas dedicados integramente a la música y que puedan vivir de ello, hoy son todavía menos. Si se ha consolidado ha sido en la red.

¿Cómo crees que ha afectado la crisis imperante al mundo de la información musical especializada?
El problema de la información musical, más que la crisis, es que no hay interés por consumirla por parte de un gran público, por lo tanto es difícil sostener un medio rentable. Las dificultades por la situación económica actual son un añadido. Pero se genera más información hoy que hace diez años, sólo hay que salir a buscarla.

¿Y la irrupción de lo digital en el mundo de la información especializada en sonidos avants?
Ha sido una gran ventaja para el amante de la música pero no para el editor. Encontrar modelos de negocio digitales ha resultado más complicado de lo que se esperaba, y más con contenidos minoritarios como los de la música especializada. Hoy el conocimiento está en red, no se distingue entre periodista, blogger, o público en general. Podemos escuchar más música online, el acceso a las fuentes de noticias es mucho más fácil y amplio, y cualquiera puede publicar sin coste alguno.

¿Cómo valoras el momento actual de la prensa musical electrónica en España? ¿Y el mundo?
En un contexto globalizado no podría distinguir entre España y el mundo. Podemos comprar la Rockdelux y escuchar las sesiones en directo de Dublab desde Los Angeles o seguir a Pitchfork en Twitter. Más infinitos blogs especializados, ya sean de italo o salsa dura de los 70.

¿Cómo ves el futuro de la prensa musical especializada en vanguardias sonoras?
A nivel profesional el futuro es complicado, pero en la prensa musical especializada hay pasión, y el que escribe lo hace porque quiere compartir un conocimiento. Solo puede ir a más, gracias a la tecnología, en Internet la publicación y difusión de contenidos es mayor que nunca, cualquiera puede hacerlo, hay más “periodistas” potenciales, que tenga lectores o no dependerá de la calidad de sus contenidos. Será difícil que monetice su trabajo pero compartir en la red aporta muchos otros beneficios. El futuro está ahí.

El libro dedica un apartado a la revista Trax, en la que trabajamos muchos de los que hemos colaborado. Llorenç Roviras, director de Trax y partner de Spotifare, explica en su capítulo los “cuatro años de insomnio” al frente de la revista y se puede leer completo en el blog de Contents.

Web: Warmp-Up! Un vistazo a la prensa musical electrónica en España, 2000-2010 (ffuentes.com)

El portero del Monfort (Gregory Isaacs in memoriam)

Cuando vivía en Madrid me presentaron a un tipo bastante peculiar. Colombiano, un amigo lo conoció jugando a fútbol y me llevó a su casa, vivíamos todos en el mismo barrio de clase alta. Pero él estaba solo. El piso lo pagaba su padre, no tenía hermanos ni oí hablar de su madre, teníamos dieciséis años. Cuando entré en su casa por primera vez nunca había visto tanta marihuana junta.

Era una situación extraña para nosotros, en la época en que alejarnos de la disciplina familiar era nuestro principal objetivo, aquel tío vivía sólo en un pisazo y se pasaba el día fumando canutos. Durante un buen tiempo nos pasamos por su casa a escuchar música y fumar. Un día le pregunté qué hacía durante el día y me dijo que hablaba con Dios, que se subía a un monte y rezaba a Jah. Era rastafari, nos hablaba de las doce tribus de Israel, de Haile Selassie, emperador de Etiopía y última reencarnación de Dios, de Babilonia y del “asesinato” de Bob Marley por la CIA. Odiaba a los blancos, como él y como nosotros. Tenía un bigotillo chicano, era bajito y poco atlético, pero él decía que jugaba de portero en el Monfort, un colegio vecino.

Tenía montañas de discos de reggae. Estaba obsesionado, a veces nos obligaba a leer las letras de las canciones mientras las escuchábamos. A mí me daba el folleto del CD y mi amigo Javi la leía de un folio colgado de la pared mientras él la cantaba. Se daban situaciones muy cómicas. Como estaba solo todo el día, cuando veníamos a verle quería ejercitar la mente y nos hacía jugar al parchís. Con la doblada que nos pegaba la hierba, Javi ni siquiera contaba los números de los dados, él movía su ficha hasta que alguien le decía basta.

Dejó el colegio, no trabajaba y fue vendiendo todos los muebles de la casa hasta que solo le quedó un colchón en el suelo y los discos. Un día ya no supimos nada más y perdimos el contacto.

Gracias a él descubrí que más allá de Bob Marley existía Lucky Dube, Lee Perry, Alpha Blondie, Yellowman o Gregory Isaacs, uno de mis favoritos, muerto hoy a los 59 años en su casa de Londres. RIP.

En Spotify: Gregory Isaacs – The Sensational Extra Classics (Echo/Vista Sound, 1972-1984)