Recordando a Juan Belmonte, matador de toros

Hace justo un año conocí a Rosa Jiménez Cano, periodista y autora del blog de toros de El País. Desde mi ignorancia taurina, a la que me enfrento desde hace tres años, aproveché para preguntarle por un buen libro de toros. Juan Belmonte, matador de toros. No me dió motivos, sólo el título, ése. Lo leí un mes después, y desde entonces lo he regalado y prestado a tres o cuatro personas. Desde que mi amigo Sergio me hacía leer Noches blancas y La Caída, es el libro que más he disfrutado en años. Lo volví a regalar hace pocos días, después de ver en La Monumental de Barcelona a El Cid, El Fandi y Alejandro Talavante.

En esta semana en la que se ha votado prohibir las corridas de toros me escribía una amiga turca, a mí y a varios de sus amigos españoles en Facebook, explicando lo contenta que estaba por la prohibición y preguntando cómo se estaba viviendo aquí, que para ella era un tema muy importante. A ver cómo se lo explico, pensé. Le contesté algo así: Lo siento, pero tengo que decirte que a mí me gustan, y no hay más, te gustan o no.

A mí me encantaba ir a La Monumental, ese reducto de Barcelona que no es Barcelona. Ya en la taquilla, siempre me tocaba el mismo necio, perdonavidas, canoso y engominado, harto de no entenderse con los turistas. Aquel hombre se debía lamentar cada día por no haber nacido unos años antes y en otra ciudad. En la entrada nadie te registraba, en la plaza vi hasta un gitano con una pata de jamón. Y qué maleducado es el público, a Finito de Córdoba lo tenían cruzado, creo que porque no es de Córdoba sino de Sabadell. Qué de gritos y de insultos, allí no se salva nadie si no se hacen las cosas como ellos quieren, que para eso pagan. Solía sentarme en el tendido cuatro o el cinco, con la fortuna o la desgracia de que siempre había un altanero cerca.

Los carricoches que limpian las calles de Barcelona son más nuevos y modernos que la chatarra que regaba el albero antes del espectáculo, como en el Camp Nou, pero allí sólo hay que apretar un botón. En la Monumental luego salían los areneros, de uniforme, bajos y torcidos, todos muy mayores, me recordaban a mi abuelo, murciano, igual eran paisanos. Y empezaba el paseíllo, y si los toros eran buenos y el torero también, hasta tu acompañante, que quizás era la primera vez que venía a la plaza, quería volver, sin acabar de entenderlo, como me pasa a mí, atraído por este arte tan difícil de explicar. Todo lo que me queda por aprender lo haré en las plazas de Francia y del resto de España, no en Cataluña.

Julià Guerrero colgó el miércoles en su Twitter una lista de Spotify que pasó de ser música inocua a “cançó protesta, #toros y #cataluña sí o sí”.

Manuel Chaves Nogales, periodista, autor del también magnífico El maestro Juan Martínez que estaba allí, ambos editados por Libros del Asteroide, no habla de toros en su biografía de Juan Belmonte, sino de una vida, y una parte de nuestra historia, que a partir de 2012 nos quedará demasiado lejos.

Advertisements