Manual del e-líder

Desde autoritas, consultora de comunicación estratégica e innovación para organizaciones y administración pública, hemos publicado un manual de orientación en el nuevo entorno digital dirigido a gestores del ámbito público y privado. El objetivo es mostrar las posibilidades que ofrece Internet y cómo incorporar las herramientas en el día a día del profesional, pero sobre todo, explicar que el 2.0 no es solo abrir una página de Facebook o Twitter sino un cambio de actitud.

El enfoque ha sido muy práctico, partiendo de una introducción a los nuevos modelos de relación en los medios sociales hasta recomendaciones de buenas prácticas en identidad digital (quiénes somos en Internet) y escucha activa (qué dicen de nosotros), además de ejemplos para mejorar los servicios públicos gracias a la tecnología. El manual también cuenta con un capítulo dedicado a las herramientas más útiles para moverse en los medios sociales y un glosario de términos. El libro es un trabajo coral de Javier Llinares, Carlos Guadián, Pere Joan Mitjans, Raúl Alegre, César Calderón, Francisco M. Rangel y Mª Carmen Orozco.

Podréis encontrar el libro en las mejores librerías, que es lo que se dice cuando no sabes exactamente en cuáles pero si tienen tu libro es que son la mejores. Está publicado bajo licencia creative commons en Algón Editores, sello de ensayo político-económico de reciente creación con títulos tan interesantes como La guerra, historia secreta de la Casa Blanca (Bob Woodward), La inmoralidad pública (Lucas Mallada) o Prisionero del estado (Zhao Ziyang).

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Recordando a Juan Belmonte, matador de toros

Hace justo un año conocí a Rosa Jiménez Cano, periodista y autora del blog de toros de El País. Desde mi ignorancia taurina, a la que me enfrento desde hace tres años, aproveché para preguntarle por un buen libro de toros. Juan Belmonte, matador de toros. No me dió motivos, sólo el título, ése. Lo leí un mes después, y desde entonces lo he regalado y prestado a tres o cuatro personas. Desde que mi amigo Sergio me hacía leer Noches blancas y La Caída, es el libro que más he disfrutado en años. Lo volví a regalar hace pocos días, después de ver en La Monumental de Barcelona a El Cid, El Fandi y Alejandro Talavante.

En esta semana en la que se ha votado prohibir las corridas de toros me escribía una amiga turca, a mí y a varios de sus amigos españoles en Facebook, explicando lo contenta que estaba por la prohibición y preguntando cómo se estaba viviendo aquí, que para ella era un tema muy importante. A ver cómo se lo explico, pensé. Le contesté algo así: Lo siento, pero tengo que decirte que a mí me gustan, y no hay más, te gustan o no.

A mí me encantaba ir a La Monumental, ese reducto de Barcelona que no es Barcelona. Ya en la taquilla, siempre me tocaba el mismo necio, perdonavidas, canoso y engominado, harto de no entenderse con los turistas. Aquel hombre se debía lamentar cada día por no haber nacido unos años antes y en otra ciudad. En la entrada nadie te registraba, en la plaza vi hasta un gitano con una pata de jamón. Y qué maleducado es el público, a Finito de Córdoba lo tenían cruzado, creo que porque no es de Córdoba sino de Sabadell. Qué de gritos y de insultos, allí no se salva nadie si no se hacen las cosas como ellos quieren, que para eso pagan. Solía sentarme en el tendido cuatro o el cinco, con la fortuna o la desgracia de que siempre había un altanero cerca.

Los carricoches que limpian las calles de Barcelona son más nuevos y modernos que la chatarra que regaba el albero antes del espectáculo, como en el Camp Nou, pero allí sólo hay que apretar un botón. En la Monumental luego salían los areneros, de uniforme, bajos y torcidos, todos muy mayores, me recordaban a mi abuelo, murciano, igual eran paisanos. Y empezaba el paseíllo, y si los toros eran buenos y el torero también, hasta tu acompañante, que quizás era la primera vez que venía a la plaza, quería volver, sin acabar de entenderlo, como me pasa a mí, atraído por este arte tan difícil de explicar. Todo lo que me queda por aprender lo haré en las plazas de Francia y del resto de España, no en Cataluña.

Julià Guerrero colgó el miércoles en su Twitter una lista de Spotify que pasó de ser música inocua a “cançó protesta, #toros y #cataluña sí o sí”.

Manuel Chaves Nogales, periodista, autor del también magnífico El maestro Juan Martínez que estaba allí, ambos editados por Libros del Asteroide, no habla de toros en su biografía de Juan Belmonte, sino de una vida, y una parte de nuestra historia, que a partir de 2012 nos quedará demasiado lejos.

Barcelona Negra

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Coordina Rafael Jiménez, inspector del Cuerpo Nacional de Policía y responsable del Gabinete de Prensa, esta colección de casos ocurridos en Barcelona (Planeta, 2009).

Los relatos están escritos por periodistas de sucesos y el escritor Andreu Martín, quien en nombre de un policía desconocido, relata el secuestro de Quini desde dentro. Explica que Alexanco era el encargado de hacer la entrega del dinero para que la policía capturara a los secuestradores, y tuvo que ir sólo, en coche, hasta Girona: “Alexanco se comunicaba con nosotros a través de los radiotransmisores policiales. No paraba de decir ‘Y ahora qué hago, y ahora qué hago?’, y nosostros no sabíamos decirle. ‘Haz lo que te digan, tú sigue'”. Un rato después estaba cerca de Francia hablando con los secuestradores: “Que yo no puedo pasar la frontera con cien millones de pesetas, hombre -insistía Alexanko por teléfono”-. “Que soy un futbolista conocido…”

En esta Barcelona de antes de las olimpiadas, se bebe Veterano, los tironeros marroquíes se hacen llamar Gary Cooper y Cary Grant, y el policía que va a tumbar una puerta de una patada se queda con la pierna encallada, esto va con nosotros. Los malos del Barrio Chino no pasarían el casting para salir en The Wire, el Vaquilla tampoco es Omar, pero es “lo nuestro”, que diría Justo Molinero. “La detención del americano”, narrada por Carles Quílez, es delirante, la persecución arranca en un DIA y sigue en burdeles del cinturón industrial, para desgracia y suerte de un periodista novato que un día antes de empezar a trabajar es tomado como rehén.

Los relatos más duros: Hipercor, el crimen del Putxet, o el asesinato de Anna Permanyer, por citar los más mediáticos, recuerdan que hay una crónica de sucesos que está muy lejos del sensacionalismo de la televisión, con los mismos hechos, mejor explicados. Y es una crónica del delito y la investigación, en ocasiones cercana a la novela negra, porque tras los disparos hay historias de personas.

Stieg Larsson, Los hombres que no amaban a las mujeres

Escribía Elvira Lindo en El País sobre Stieg Larsson, autor de Los hombres que no amaban a las mujeres. Defiende de las críticas, con toda la razón, al Larsson periodista convertido en escritor, el que escribía por las noches en secreto y que murió de un infarto al poco de entregar la tercera novela de la saga Millenium. ¡Novela negra! ¡1500 páginas! ¡Éxito en la Feria de Frankfurt! “Está agotado. No sé que les ha dado con este libro, la novela negra está de moda”, me dijo la dependienta de El Corte Inglés.

Quería desquitarme de otro sueco policiaco, Hennig Mankell. Su última novela, El Chino, es espectacular en el arranque pero la intriga se diluye en una reflexión sobre el idealismo comunista que se hace muy larga. Larsson no se va por los cerros de Úbeda, por mucho que su personaje quiera salvar el mundo, y tampoco es pretencioso en su literatura. Comentaba con varios amigos que su éxito internacional debe ser parecido al que tuviera Carlos Ruiz Zafón con La sombra del viento, en ambos cuesta encontrar un porqué. ¿Es el libro que se lee ahora en el metro?

Larsson no es “vaporoso”, es sencillo y ordenado. Pero no me creo a los personajes – ¿no es Lisbeth Salander un machihembrado de topicazos? -, tampoco las relaciones entre ellos. El planteamiento de la trama es interesante pero hubiera cambiado a Michael Blomqvist por Sherlock Holmes, lo habría resuelto cuatrocientas páginas antes.

Odio Barcelona

Este post podría haber sido una crónica de la noche Minus en el BAM pero después de comprobar que casi todas las personas con las que hablé iban -ellos, y también sus amigos-, se me quitaron las ganas ante la previsible aglomeración. Así que en lugar de celebrar las fiestas de mi ciudad, Barcelona, acabé el libro Odio Barcelona (Melusina), doce ensayos de autores nacidos después de 1975 que rajan de su ciudad con más o menos salero. Hay varios que no he leído, o mejor dicho, he abandonado, por lo pretencioso de algunas redacciones, como si hacerlo demasiado difícil u original diera más peso a su opinión. Son estilos, más particulares cuanto más quieren dejar claro que se distinguen del vulgo, pero da pereza. Apenas son un par de excepciones, el conjunto es muy entretenido y con ideas ciertamente brillantes que alegra compartir.

Para Carol París, Barcelona vive  “en el suplemento de la Barcelona por venir; aquella que sigue quejándose, expectorando y siempre expectante de algo mejor”. Llucia Ramis se refiere a ella como marca, prostituída desde que se hizo un nombre, “Barcelona no sólo se vende, sino que además, se sabe vender”. Óscar Gual propone un ejercicio divertido, un formulario de entrada a la ciudad que plantea preguntas como ésta:

¿Cuánto modifica la torre Agbar de Jean Nouvel el skyline de la ciudad?
a) Lo modifica de una forma tan ligera como agradable, con el tiempo nos acostumbraremos a su presencia, como a la de la Sagrada Família.
b) Lo modifica tanto como las Cuatro Torres de La Castellana modifican el skyline de Madrid.
c) Lo modifica en un 32,4 %.

Philipp Engel se pregunta: “¿Qué hago yo aquí? o ¿En qué maldito momento de mi vida decidí que esta ciudad había de convertirse en el sarcófago tallado con las muescas de mi dolorosa educación sentimental? Faraón del absurdo, enterrado vivo con todas mis cosas. Esperando que al final todo tenga algún tipo de sentido. Drama. Drama con mayúsculas.” Javier Blánquez, viejo conocido de la prensa musical, se enciende con “la comunidad de los desarrapados que pretenden convertir la ciudad en un enclave medievalizado en el que se funciona por el trueque y la limosna, en el que se lleva la holganza, la precariedad y el vivir tirado”. Y añade: “Ni siquiera es culto dionisíaco al buen vivir ni un estilo alternativo de encajar en la sociedad […], pues se puede ser Dionisio duchándose cada día, trabajando con disciplina y pagando impuestos, sino un manchurrón humano en la civitas que era menor hasta que se instaló entre nosotros esa pérfida influencia que responde al nombre de Manu Chao”.

También me gusta la visión de Lucía Lijtmaer, que divide su espacio en fragmentos independientes. Uno de ellos dice así:

“En Barcelona ya nadie usa la palabra extrarradio, se habla de periferia urbana. Aún así nadie sabe situar la periferia urbana. No es Santa Coloma. Definitivamente, no es Hospitalet de Llobregat. Ni Sant Boi. Son demasiado importantes ya.
Hay una exposición en el Centro de Cultura Contemporánea sobre la periferia urbana de Brasil. Los jóvenes intelectuales van a esa exposición”.

Agustín Fernández Mallo, gallego, presta su máquina de escribir para que los ciudadanos digan la suya:

“Odio Barcelona porque odia al resto del mundo, pero Barcelona también es el mundo. No lo entiendo”.
“Odio Barcelona porque el centro es muy cuadriculado. Es ajedrez, preferiría que fueran las damas”.
“Odio Barcelona porque son tan fachas que quitan las corridas de toros”.
“Odio Barcelona porque todo está legislado”.

Si me hubiera preguntado diría que odio Barcelona porque lo mejor de esta ciudad es el clima y la comida.