Excursión a Macedonia: Del carnaval ortodoxo al islam místico

Hace varias semanas fuimos un grupo de internacionales (como se llama a los extranjeros que trabajan en Kosovo) de excursión al carnaval ortodoxo de Strumica, al sureste de Macedonia, cerca de las fronteras con Bulgaria y Grecia.

El carnaval no es conocido fuera de Macedonia, y temo que dentro tampoco es muy popular. Se trata de un desfile interminable de comparsas que al llegar al centro representan una actuación. Entre que el espíritu festivo no se contagiaba y el frío era terrible, a ratos tenía más de penitencia que de celebración.

A las nueve de la noche estábamos refugiados en una discoteca semivacía de grandes ventanales, con techno-tralla desproporcionadísimo, y enfrente cincuenta niños disfrazados de girasol, muertos de frío.

Participaron diferentes regiones de los balcanes y entre las banderas serbias apareció una delegación albanesa para nuestra sorpresa, y la de Joe, un chino-americano que trabaja en la ONU y que, vestido de tirolés, saltó al ruedo para hacerse una foto con ellos.

De todo, lo más interesante fue ver qué ocurre en esta remota región de Europa en la que, en otras circunstancias, nunca conoceríamos.

Al día siguiente visitamos varios monasterios ortodoxos. En el de Veljusa, construido en el S.XI en lo alto de una colina, su iglesia conserva frescos y mosaicos de la época.

La belleza de sus jardines y las vistas al valle de Strumica contrastan con la pobreza de los pueblos cercanos y los vertederos improvisados. Tradición ésta, la de lanzar basura donde pille, muy extendida en esta parte de los balcanes. Lo he visto en Kosovo, Albania, Macedonia -según me cuentan, también en Serbia-, y en Montenegro no lo recuerdo.

El motivo es extraño, más allá de que antes la basura orgánica se descomponía. Ahora las veredas están forradas de plástico y estropean el paisaje del visitante, tan necesitado, y del que vive, al que cuesta entender a menudo.

Macedonia estuvo dominada por el Imperio Otomano entre los siglos XIV y XIX, y antes de formar parte de Yugoslavia se la disputaron Serbia y Bulgaria. De la herencia turca quedan algunas comunidades religiosas minoritarias como los derviches, musulmanes sufí (la rama mística del Islam).

En el pueblo gitano de Banica, cerca de Strumica, encontramos una mezquita semiabandonada que ya no cumple funciones religiosas, sino de almacén y establo de una familia de derviches. Junto a la casa, en el tekke, lugar de reunión y oración de la hermandad, hay una decena de tumbas del patriarca sufí y su familia.

Al principio pensaba que sus dueños eran roma (gitanos), musulmanes (imperio otomano), que hablan en macedonio (lengua eslava). Pero la comunidad gitana de Strumica se autodenomina turca y así se inscriben en el censo, aunque en otras partes del país son considerados como roma renegados.

Y fuera de la casa: un gallinero, dos vacas, un pavo real y una cabra atada a un tractor junto a una bañera a modo de fuente.

Joe fue probablemente el primer chino que vieron en su vida los dueños de la casa. Andando por Banica éramos un grupo de seis, con la mirada de cuantos nos cruzamos en el cogote.

Ticiana García-Tapia, que vive y trabaja en Macedonia, estuvo en 2009 monitorizando elecciones en Banica. Ésta es su experiencia en este rincón de Europa, a dos horas de avión si hubiera vuelos directos, y que los viajeros que dan la vuelta al mundo nunca pisan:

En cuanto llegamos a Banica, nos dimos cuenta de que más que un dia de elecciones, aquello era un día de mercado. Había montones de tenderetes por la “calle” principal (en realidad, era una calle sin asfaltar llena de agujeros). La gente había salido con sus mejores galas y había niños corriendo y riendo por todos los lados.

Llegamos en un coche oficial y, al vernos, todos los niños de alrededor vinieron cantando y nos acompañaron hasta el primer colegio electoral del pueblo. Al salir del coche vimos que había salido mucha gente a curiosear. Nos rodearon y nos preguntaron que quiénes éramos, si traiamos juguetes y a quién íbamos a votar. Al cabo de un rato, salió la presidenta del consejo electoral. Nos dijo, muy seria, que si queríamos votar, ella se encargaba.

Al explicarles que éramos monitores y que nos gustaría entrar a ver cómo iba el proceso, se abrió el grupo de gente y nos dejaron pasar. Dentro vimos una gran variedad de irregularidades que se hacían con mucha alegría y la completa complicidad del consejo electoral.

En el pueblo había muy buen ambiente, y a la gente se la veía feliz. Nada de las tensiones que había en el resto del país. En Banica se respiraba paz.

Un señor mayor de lo más elegante, que estaba sentado al lado nuestro nos preguntó si habíamos ido porque pensábamos que los turcos no sabían lo que era la democracia. Y he allí el tema curioso de esta comunidad. Aunque mucha gente (internacionales, roma, macedonios y albaneses) les consideren roma, ellos mantienen que son turcos de pura cepa. Hablan turco en casa y muchos de ellos son musulmanes.

Después de explicarle que en realidad estábamos cubriendo todo el país, y no solo Banica, me sonrió y dijo que a pesar de ser pobres y estar aislados, los turcos de Banica seguían con la ilusión de ver cambios políticos y mejoras en sus vidas. Seguimos charlando sobre Ataturk, el Mundial de fútbol y los últimos escándalos de la clase política del país. Al despedirse, nos invitó a volver a Banica todas las veces que quisiéramos y probar un té turco de verdad en su casa… ¡¡Buyrum, buyrum!!!

Al límite

Para las fiestas de Navidad volví a Barcelona poco más de un mes. Una noche estaba en casa de mis padres, tumbado en el sofá, agotado por las obligaciones sociales cuando uno vive fuera y quiere, y debe, pasar tiempo con familiares y amigos. Eran las ocho y empezaban los informativos, en La Sexta creo. Que si los desahucios, los jueces, el PP, Rubalcaba, el indulto, los hospitales, bla bla… La India, Afganistán, Siria, ahora Mali, Argelia… Y sugerí a mis padres que no íbamos a tragarnos dos horas de informativos, por salud mental.

Entonces se me plantea un dilema. No es una reflexión nueva pero esta semana quizá haya llegado al límite. Me pregunto si somos conscientes del nivel de toxicidad de nuestra vida y cómo afecta a nuestro día a día la espiral de violencia, indignación, mentira e impotencia que nos rodea. El tiempo que ocupamos cada día en radio, televisión o medios sociales en algo que nos preocupa, enfada y estresa debe tener consecuencias en nuestro estado de ánimo y nuestra salud.

No hay que señalar a los culpables si aceptamos que tenemos lo que merecemos. Pero para los que intentamos llevar una vida honrada compartiendo alegrías, como si solo esto fuera fácil, es terriblemente injusto formar parte de esta sociedad destructiva. Siempre ha sido así, pero la intensidad actual es tal, que nunca nos habíamos visto tan indefensos.

¿Tengo que hacer mío el problema de la sanidad e irme a la cama de mal humor mientras la televisión pública nos bombardea con un anuncio para que las empresas de reciclaje ganen más dinero? ¿O me leo el libro de la primera conquista de un ochomil?

El barbero #diariodepristina

Inauguro la etiqueta #diariodepristina para explicar algunas de las cosas que pasan, como ya escribí en otro post, al otro lado de Shengen. Intuyo que serán crónicas divertidas, así que lo pasaremos bien, que es de lo que se trata.

El otro día fui al gimnasio pronto. He dejado de fumar y me conviene hacer ejercicio para olvidar el mono y sentirme sano. El gimnasio cuesta 30 euros al mes. Es caro para tratarse de Kosovo, por lo que podría considerarse un lujo. No hay mucha gente, está limpio, las máquinas son relativamente buenas, un poco old-school pero le da carácter. Eso y un canal de hip-hop y R&B que parece que estés entrenando en Los Ángeles en lugar de los balcanes.

Cuando me apunté al gym y enseñé el DNI al encargado me dijo: “Ah, España, Barcelona… Me gusta la gente de Barcelona pero soy del Real Madrid”. El tema del fútbol es una constante, sobre todo con la policía, lo explicaré en otro post.

Ese día en el gimnasio éramos cinco, y en la puerta suele haber un anciano que, intuyo, es uno de los dueños. Pues fue uno a uno, a su velocidad de anciano, ofreciéndonos caramelos mientras hacíamos ejercicio. Creo que es el abuelo del que me atendió en la puerta. Esa familia promete.

Luego fui a la verdulería, donde venden “huevos del pueblo”, los que nosotros llamamos de corral. Y de camino al apartamento pasé por la puerta del barbero. Es un sitio que me tiene enamorado, es pequeñísimo y el señor que atiende estaba sentado mirando por la ventana. Natyra me dijo que no fuera, que era arriesgado, pero no pude evitarlo y entré.

Debe ocupar dos metros cuadrados y no hay espacio para dos sillas, de hecho cuando yo entré sacó una a la calle. El barbero es un viejillo que debe rondar los setenta años, con gafas de culo de botella y -no me había fijado antes- también un sonotone.

Coge la bolsa con las verduras y los huevos y los cuelga en la pared, me siento, agarra las tijeras, me mira y le digo: po (sí en albanés). Y entonces me dice: – ¿Estambul? – No, Barcelona. – ¿Bolonia? – No, Barcelona. – Aah, Messi.

Como estoy aprendiendo albanés le digo que me llamo Ginés: Unë quhem Ginés. Y su contestación me confundió bastante porque no entendí si se llamaba Ismail, Islam o Muhammad. Al peine le faltaban cerdas y el agua lo sacaba de una tetera.

El corte fue estupendo, solo hubo una diferencia de 1 centimetro entre una patilla y otra, y temí cuando aplicó la navaja al ver cómo temblaba su pulso, pero es un riesgo asumible, y por tres euros el resultado global fue excelente.

Es un señor con oficio, elegante, humilde, entrañable, en, quizás, la barbería más pequeña del mundo. Volveré pronto.

#nowplaying:

Adiós Antonio

El pasado 29 de agosto falleció en el Hospital de la Esperanza de Barcelona mi abuelo Antonio, a los 93 años. Dos meses más tarde que mi abuelo Ginés.

Ha sido un verano de hospitales, gestiones con el seguro y velatorios. Despedidas emocionantes, que no trágicas, de vidas completas, ambos.

Murcia y sus pueblos from Ginés Alarcón on Vimeo.

Antonio Soto Pérez, también murciano, nació en La Unión en 1919, y luego emigró a Barcelona, donde conoció a Abilia, natural de Cabezuela, Segovia. Nacieron mi tío Aurelio y mi madre, y mi abuela murió antes de que ellos cumplieran los diez años. Vivían en la Trinidad y fueron años duros.

Desde entonces, Antonio vivió su vida. Estos días estaba releyendo el Quijote y me ha hecho gracia recordarle viviendo su propia novela. Porque él tenía su mundo, castizo y romántico, de letras y cante minero. Recuerdo un viaje en coche a Segovia hace muchos años, en el que paramos en Burgos. Antonio, ¿cómo va?, le preguntamos en el coche. “Venía yo saboreando el nombre de los pueblos…”, contestó. Ésa era su prosa y su vida.

Hizo teatro, radio, y hasta toreó en La Monumental. Su pasión era el Festival del Cante de las Minas y contaba que, días antes de que Miguel Poveda ganara su lámpara minera, fue testigo de cómo preparaban la actuación con su amigo Pencho Cros.

Fundó la Tertulia de Cante Minero con su nombre, y este mismo verano recibió el premio Carburo Minero de manos del Alcalde La Unión. Su salud ya no daba más de sí, se lo advirtieron, pero él quería estar allí, era el reconocimiento a la dedicación de su vida.

Carburo Minero

Culto, bon vivant, con poca querencia por el trabajo, corrió la cursa del Corte Inglés hasta los 86 años. Pedía anís Machaquito de postre y en las últimas reuniones de navidad le daba por hablar con rima en forma de trovos. Citaba a Delibes, Arquímedes, Antonio Ordoñez, y a su amigo Pacomio Arroyo Rasero.

Al salir de la UCI, probablemente lo había soñado, dijo que había desayunado un bocadillo de jamón magro, un vaso de vino tinto y café con hielo. Luego pidió una lata de anchoas del Mercadona, y agua de Lanjarón, su favorita.

Dice mi madre que era muy optimista. No le afectaban los problemas y siempre veía la parte positiva: “Cuando veo el cielo azul le doy gracias a Dios por tener un día más”. Y día a día, que fueron muchos, cerró su novela.

Estandarte de La Unión,
me dejaste una minera,
estandarte de La Unión;
entregártela quisiera
y se ha secao tu corazón, ay,
como una mina cualquiera.

Miguel Poveda – A Pencho Cros

Fin de semana en Albania

La primera opción para disfrutar la playa este verano era el sur de Turquía, pero llegar hasta allí no es barato. Así que con Natyra nos planteamos la Grecia continental, cuyos hoteles pasan de los 400 a los 1400 por una semana, sin término medio. Acabas en un cuchitril o en un resort en condiciones pero carísimo.

Confiando en que más adelante podamos viajar a Europa, con las limitaciones que su pasaporte kosovar conlleva, convenimos que este año no hay playa y que vendrán tiempos mejores.

El otro día una amiga nos comentó que en Lezhe, al norte de Albania, un cocinero había abierto un hotel restaurante que ofrecía un menú degustación espectacular, volvía de Nápoles para apoyar su tierra, hacía su propio queso, bla bla… Total, como nos gusta comer, y yo nunca he estado en Albania, pues para allá que nos vamos.

Me habían avisado de que Albania estuvo aislado muchos años y en algunas zonas es bastante salvaje, en palabras de los propios kosovares, por lo que me espero lo peor.

A los cinco minutos de cruzar la frontera veo un bulto en la autopista. Me fijo bien y es un anciano reptando por debajo de la mediana. Empezamos bien. Al rato hay un chaval fumando un pitillo en el arcén, tres vacas y dos señores charlando. La autopista, además, te obliga a cambiar al sentido contrario sin señalizar. Ves que el carril se acaba y han cortado la mediana, así que te cruzas. Ni luces, ni conos, ni flechas.

Casi cuatro horas después de salir de Pristina llegamos al hotel. Parece un restaurante de carretera, les da igual el pasaporte y nos llevan a la habitación. Cuesta 25 euros la noche. La pintura es un conjunto de manchas, el lavabo no funciona, el colchón es incómodo y la luz se va cada dos por tres. Nos acordamos de nuestra amiga y nos vamos a la playa confiando en que la cena valdrá la pena.

La playa es un vertedero, no hay un palmo en el que sentarse sin basura. Hay tres coches aparcados en la arena, y como ha llovido, charcos de color y olor indescriptible. Nos damos media vuelta y en el párking del hotel hacemos tiempo dentro del coche, riendo, claro, no queda otra.

Llega la hora de la cena. Nos sirven siete platos: pulpo, pescado, gambas, tres raviolis y queso. No es que fuera un desastre, y entiendo que si vives en Kosovo te parezca extraordinario porque no abunda el pescado, pero un menú de bar español ofrece lo mismo por menos.

Nos vamos a la cama con la idea de largarnos lo antes posible más al sur, a Durres, que vendría a ser el Benidorm de Albania. Y si la autopista ya nos dejó claro el sinsentido cívico albanés, la carretera que pasa por Tirana es el descontrol más absoluto.

Imaginad una carretera comarcal, con baches, cruces a nivel, tractores, burros, motocarros y camiones. Pero lo peor son los adelantamientos. No esperan a que haya vía libre, sino que adelantan sin más, por el medio, obligandote a acercarte a tu derecha para no comerte el coche que viene, mientras vigilas al peatón, animal o máquina que esté circulando por el arcén en ese momento.

Durres es un atentado al buen gusto con edificios horribles en primera línea de mar, a cuál más feo. Si Montenegro ya me pareció disperso y poco afortunado, la costa albanesa es un atentado a la belleza del adriático. Por suerte, este segundo hotel, Vila Belvedere, es un oasis visto el panorama. Aunque el lavabo sigue sin funcionar y estropean las gambas, con lo fácil que es hacerlas al ajillo.

Albania es el país más loco en el que he estado, superando a Rusia y Cuba. Pero volveré. En el norte hay regiones donde no llega ni la policía pero dicen que al sur, donde apenas hay albaneses para destrozar el paisaje, hay playas bonitas.

Cuando vuelves a Kosovo tienes la sensación de entrar en Europa, que ya es decir. Nosotros hemos disfrutado la experiencia como tal, pero deprime ver cómo se han cargado un país.

Si queréis saber más sobre Albania, Fernando tiene varios posts en su blog sobre los balcanes:

En el país de las águilas 1
En el país de las águilas 2
El código de Lekë Dukagjini

En la wikipedia.

Y aquí un texto en inglés sobre Skanderberg, el héroe de Albania que luchó con los otomanos antes de volverse contra ellos, que no tiene desperdicio:

Baddass of the week: Skanderberg

Breve reflexión sobre la manifestación independentista

Detesto el nacionalismo porque da más importancia a una idea de país que a las personas que lo habitan. En política se deberían sustituir los sentimientos por la ética.

No he escuchado ningún motivo que nos haga pensar en un sistema más justo siendo Catalunya independiente. Porque creer que tener más riqueza va a cambiar algo es otra prueba de nuestra inutilidad.

Ahora bien, si la gente va a ser más feliz, adelante con ello. Tampoco me planto en la puerta de las iglesias a interpelar a los creyentes. Pero ojalá la próxima vez que más de un millón de personas salgan a la calle, sea para hacer nuestra vida mejor en algo más práctico y concreto.

Shaqir Hoti: “El folk debe adaptarse a su tiempo”

Shaqir Hoti vive en un barrio alejado del centro de Pristina, en lo alto de una colina. Para llegar a su casa hay que subir una cuesta tan pronunciada que tuvimos que esperar unos días para no encallar en la nieve.

Cuando llegamos, Emine Vala, amiga que ejerce de traductora, y Eni Nurkollari, fotógrafo, nos invitaron al salón y nos sirvieron té, al estilo turco, como es habitual en Kosovo, con azúcar y limón. En la habitación, que conecta con la cocina, hay varias mujeres cocinando, el nieto que corretea por la sala y un hijo que entra y sale.

Supe de él cuando se organizó el festival de flauta de Pristina. Me hablaron de su taller, donde fabrica sus propios instrumentos, y de su trayectoria al frente de la música popular kosovar.

En mis estancias en Kosovo he echado de menos el folklore. Salvo por los gitanos con sus tambores, la música de influencia turca, y el tallava, que sería a la música balcánica lo mismo que el reggaeton a la salsa, apenas he escuchado sonidos autóctonos. Temo que Shaqir sea el último superviviente, y que Kosovo, más preocupado por su futuro, se olvide de su raíz musical.

Con el té en la mesa enciendo la grabadora del iPhone. Shaqir explica que en el folk albanés uno de los instrumentos más antiguos es una flauta hecha con materiales de la naturaleza que los padres daban a los niños para que tocaran mientras cuidaban a las ovejas.

Su primer contacto con la música fue en las montañas de Rugova, de niño, cuando tocando con un amigo, uno marcaba la línea de bajo y el otro la melodía principal. En 1954 fue a estudiar secundaria a Prizren, pues era la única escuela musical de Kosovo. Pero como no hablaba serbio, volvió a las montañas y aprendió el idioma con un diccionario. De vuelta en Prizren acabó el curso y completó los estudios superiores en música. En 1967 empezó a trabajar en la Orquesta de Radio y Televisión de Pristina como flautista y acabó siendo el director y productor.

En paralelo fundó la orquesta Azem Bejta, pieza clave en el desarrollo de la música popular kosovar, que llegó a emplear a 40 personas.

¿Qué dificultades había para difundir la música popular albanesa durante el régimen yugoslavo?
Musicalmente ninguna, pero sí con las letras. Cualquier palabra que tuviera una connotación nacionalista censuraba la canción. Era una cuestión ideológica. En los conciertos necesitabas que el repertorio fuera aprobado por tres organismos: la comunidad cultural local, el comité estatal y el Ministerio del Interior. Una vez tenías los sellos no se podía cambiar una palabra, y si el público pedía un bis no podía tocar una canción nueva sino repetir alguna de las anteriores.

¿Cuáles son las referencias musicales del folk albanés?
La primera muestra de música popular es el burimore, que podría traducirse como fuentes naturales, como el sonido del agua. Era una música muy simple y anónima, que expresó durante siglos nuestra forma de vivir. Los instrumentos eran muy sencillos. Yo no ví un piano hasta los 15 años. Y muchos de aquellos instrumentos se estaban perdiendo, como el lahuta (flauta travesera de madera). Antes, cada pueblo tenía un intérprete, pero ahora solo queda alguno en la ciudad de Shkodra. Sentí que era mi deber salvarlos.

¿Cómo?
Me he centrado en tres aspectos: volver a fabricar esos intrumentos, interpretar música con ellos, y componer música para otros instrumentos con las melodías del burimore.

En algunas regiones de occidente la música popular ha resurgido en la última decada, reivindicada por los jóvenes como signo de identidad. ¿Ha percibido lo mismo en Kosovo?
Justo después de la guerra, en el año 2000, hubo cierta demanda, pero no demasiada. El tallava ha sido lo que ha tenido más éxito, aunque este último año estoy notando interés de nuevo.

¿Qué hace para mantenerlo?
Intento tocar donde sea, nunca ignoro una propuesta y colaboro con artistas de pop o rock. El folk tiene una máxima y es que es música que se adapta a su tiempo, así que tenemos que adaptarnos a la época en la que vivimos. Para ser honesto, hasta el año pasado era muy escéptico sobre la supervivencia de la música popular pero vuelvo a ser optimista.

En el salón hay una mesa con un ordenador, tarjeta de sonido y altavoces. Shaqir abre un secuenciador y nos enseña sus últimas mezclas. Está grabando todas las canciones que recuerda, creando su propia base de datos digital. Luego nos lleva a su taller, es un viaje en el tiempo. Allí crea instrumentos con el hula hop de su nieta, con una tubería o con un rotulador. Veo una quijada de cabra sobre la mesa y una escopeta con agujeros que se toca como una flauta, dice que es un arma humanista.

Nos despiden con un buñuelo recién hecho, y le prometo que a mi vuelta le llevaré un disco de folklore español. Bajando por la cuesta, Emine me dice que vuelve con sentimientos encontrados. Siente lástima por su taller sin calefacción pero sale cargada de ilusión. Yo pienso en cómo habría cambiado su vida si Hoti hubiera nacido en San Francisco o Nueva York, pero dudo que hubiese sido más feliz.

Fotos: Eni Nurkollari