El portero del Monfort (Gregory Isaacs in memoriam)

Cuando vivía en Madrid me presentaron a un tipo bastante peculiar. Colombiano, un amigo lo conoció jugando a fútbol y me llevó a su casa, vivíamos todos en el mismo barrio de clase alta. Pero él estaba solo. El piso lo pagaba su padre, no tenía hermanos ni oí hablar de su madre, teníamos dieciséis años. Cuando entré en su casa por primera vez nunca había visto tanta marihuana junta.

Era una situación extraña para nosotros, en la época en que alejarnos de la disciplina familiar era nuestro principal objetivo, aquel tío vivía sólo en un pisazo y se pasaba el día fumando canutos. Durante un buen tiempo nos pasamos por su casa a escuchar música y fumar. Un día le pregunté qué hacía durante el día y me dijo que hablaba con Dios, que se subía a un monte y rezaba a Jah. Era rastafari, nos hablaba de las doce tribus de Israel, de Haile Selassie, emperador de Etiopía y última reencarnación de Dios, de Babilonia y del “asesinato” de Bob Marley por la CIA. Odiaba a los blancos, como él y como nosotros. Tenía un bigotillo chicano, era bajito y poco atlético, pero él decía que jugaba de portero en el Monfort, un colegio vecino.

Tenía montañas de discos de reggae. Estaba obsesionado, a veces nos obligaba a leer las letras de las canciones mientras las escuchábamos. A mí me daba el folleto del CD y mi amigo Javi la leía de un folio colgado de la pared mientras él la cantaba. Se daban situaciones muy cómicas. Como estaba solo todo el día, cuando veníamos a verle quería ejercitar la mente y nos hacía jugar al parchís. Con la doblada que nos pegaba la hierba, Javi ni siquiera contaba los números de los dados, él movía su ficha hasta que alguien le decía basta.

Dejó el colegio, no trabajaba y fue vendiendo todos los muebles de la casa hasta que solo le quedó un colchón en el suelo y los discos. Un día ya no supimos nada más y perdimos el contacto.

Gracias a él descubrí que más allá de Bob Marley existía Lucky Dube, Lee Perry, Alpha Blondie, Yellowman o Gregory Isaacs, uno de mis favoritos, muerto hoy a los 59 años en su casa de Londres. RIP.

En Spotify: Gregory Isaacs – The Sensational Extra Classics (Echo/Vista Sound, 1972-1984)

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Casa Grande, el mejor hotel del mundo

ïbamos Llorenç y yo en nuestro coche alquilado por Puerto Rico cuando nos planteamos ir unos días a la República Dominicana. El trayecto entre islas lo hacía un ferry durante una noche, llamamos a información pero el servicio estaba interrumpido “hasta nuevo aviso”. Vista la precariedad caribeña y su habilidad para contradecir informaciones, nos plantamos en el puerto de San Juan para preguntar in situ. No hay ferry, nos dijo un operario. Y algo desilusionados nos replanteamos qué hacer los próximos días. Una de las opciones era el interior de la isla, para visitar las cuevas del rio Camuy y el observatorio de Arecibo.

En la guía de Lonely Planet hablaban de un alojamiento cercano que no era ni el más caro ni el que habían elegido, pero tenía la descripción más larga. Venía a decir algo así: Este es el hotel que deberían recomendar los psiquiatras para sus pacientes estresados de las grandes ciudades porque aquí no hay absolutamente nada que hacer”. Y allí fuimos.

Las carreteras de Puerto Rico, sobre todo las interiores, apenas permiten el paso en dos sentidos, suelen tener baches, curvas cerradas, y suben y bajan continuamente. Se puede tardar una hora en recorrer 15 kilómetros, la señalización es dispersa y nuestro GPS inútil. Llamamos al hotel, confirmaron la disponibilidad de una habitación doble y advirtieron: Vengan antes de las siete porque cerramos el restaurante. Y a las siete menos cuarto estábamos completamente perdidos, en una carretera que acababa en un lago, y en reserva de gasolina. Llevábamos una hora buscándolo. Oscurecía, llovía, y la vegetación, densísima, impedía ver más de tres metros al volante. No había pueblos, solo grupos de tres o cuatro casas de campesinos.

Nos estábamos estresando, nos veíamos sin cena ni gasolina durmiendo en mitad de la selva. Esa hubiera sido otra aventura pero llegamos al hotel. En la recepción encontramos a Steven Weingarten, don Esteban, abogado neoyorquino jubilado que compró un antiguo parador para convertirlo en Casa Grande y retirarse. Jardinero y maestro de yoga, el recinto del hotel es un jardín botánico con plantas y árboles de todo el mundo. “No hay televisión ni aire acondicionado”, nos advierte, “sólo abanico de techo”.

Las habitaciones están repartidas en pequeñas casas de madera, en medio del bosque tropical. Y de noche se oye el viento entre los árboles, los insectos y la rana coquí.

Una noche en Puerto Rico… from spotifare on Vimeo.

Sólo había un par de parejas en el hotel. Cenamos en el porche de la casa principal, Churrasco a la parrilla marinado en sofrito, romero, vino tinto y guayaba, café tembleque con coco, y cocktail de ron y melón.

Aquella noche descubrí la expresión catalana passió de son: “Accés de somnolència irresistible”. Y al día siguiente cronometramos cuánto aguantábamos bajo el agua de la piscina, yo casi llego al minuto y Llorenç superó los dos ampliamante.

http://www.hotelcasagrande.com/

En Spotifare: Una de boricuas (música puertorriqueña)

Al límite

Tengo un amigo que ha siniestrado varios coches y motos, el último hace menos de un mes, estampó su audi en la ronda de dalt, reventaron todos los cristales y una rueda se escapó como en la Fórmula 1. El coche, vendido a un chatarrero por 500 euros, dio un giro de 180º, y vino un conductor a socorrerle. “Tranquilo, soy voluntario de la Cruz Roja, ¿me dejas romperte la camiseta?”, “hombre, si no hace falta no”, respondió todavía aturdido por el golpe.

Mi amigo es capaz en un mismo día de despertar en Sabadell, hacer submarinismo en Sant Feliu, ir a una boda en Lleida y acabar en el Row 14 de Viladecans, además de perder la cartera y ser detenido por posesión de marihuana. Al día siguiente puede despertar y cocinar una paella para 14 personas, irse a ver el básket a badalona y a las once de la noche llamarme para rematar el domingo. En su coche, cuando tenía, ponía Enrique Morente cantando Manhattan a todo trapo, y tiene un traje blanco.

Necesita el movimiento, la velocidad y el riesgo. A mí me encanta escucharle y saber de sus líos porque me relaja, a mí, que soy miedoso, vago y perezoso, que necesito tenerlo todo controlado, él me equilibra, porque es todo lo contrario. Cualquier día de estos se va a matar, y habrá quién piense que deberíamos haberle convencido para que frenara el ritmo, pero es imposible, va contra su felicidad.

Algo parecido le pasa a Frank Cuesta, la nueva estrella de Cuatro, profesor de tenis en Bangkok y cazador de serpientes. Decía hoy Víctor Amela en Arucytis que en estos tiempos de televisión extrema “la gente quiere ver personas que están fuera de los cánones, y este hombre está muy fuera”. Frank de la Jungla es un tipo que va por la selva tailandesa cazando cocodrilos en sandalias de goma rosas y con un porta raquetas como mochila. Ojo, que los caza con las manos.

Ha estado en coma por picaduras de serpiente dos veces, y un periódico de Bangkok organizó un concurso para adivinar cuándo moriría, nadie pronosticó que duraría tanto. Frank Cuesta es un loco, un insensato que en la peor cueva del mundo ve una serpiente comiendo un murciélago y se va a por ella para desesperación de su cámara y productor. Sus dos compañeros de rodaje reciben un palo detrás de otro, tantos como mordiscos se ha llevado en el primer programa, porque él es un inconsciente pero va acompañado. En Facebook hay un grupo que se llama “Queremos que no muera Santi, el cámara de Frank de la Jungla”. Ha nacido una estrella, mi nuevo ídolo.