Cosas que pasan al otro lado de Schengen

Shengen es un pueblo de Luxemburgo de 500 habitantes donde se firmó un acuerdo en 1985 para suprimir fronteras entre la mayoría de los estados europeos. No todos los estados miembros firmaron, como Reino Unido, pero otros que no forman parte de la UE sí lo hicieron, como Noruega. La ventaja para el ciudadano de a pie es poder moverse libremente entre países sin llevar el pasaporte ni solicitar visados.

Hace varios años, cuando visité a mi amigo Sergio en San Petersburgo, grabé una entrevista con un colega suyo, Raúl, profesor de español, que bien podría resumirse concluyendo que el mundo, más allá de Shengen, es otro. Desde que estoy en Kosovo empiezo a entender algunas cosas.

Hace unos minutos leía en Facebook a un amigo de Barcelona que se quejaba de que lleva un día sin gas en casa, y que parece que el problema tardará en arreglarse porque afecta a medio barrio. Un vecino comentaba que estaba con dos radiadores, helado de frío, que no pasaba de 9º, mientras otro le daba ánimos quejándose de vivir en un país de pandereta.

En Barcelona la temperatura ahora mismo es de 7º, en Pristina -8º. En mi zona el agua se corta cada día entre las 12 y las 16 h. aprox y desde las 23 hasta las 4 de la mañana porque la ciudad no tiene capacidad para depurar más rápido. No hay gas natural, y en casa es imprescindible tener velas y linternas para soportar los constantes apagones de luz. Solo el 15% de la ciudad dispone de calefacción central y tampoco es infalible.

El ruido de los generadores que usan los comercios es tan habitual como en verano el de las motosierras para cortar madera. Este invierno está haciendo tanto frío (hace dos semanas se llegó a 24º bajo cero) que la leña escasea. Cuando hay niebla, la ciudad se cubre de un manto de humo irrespirable.

El otro día salía en la tele un ancianito que había denunciado al ayuntamiento porque en su barrio, el Poble Nou, había baldosas “que bailan”. Y el señor se dedicaba a enganchar pegatinas de aviso en las aceras mientras sus vecinos le felicitaban.

En Kosovo es más seguro caminar por donde pasan los coches que por las aceras. Tengo un supermercado a escasos 50 metros de mi apartamento y no puedo levantar la vista del suelo. El motivo es una placa de hielo que seguirá allí, como mínimo, hasta la primavera. Cuando se juntan varios kosovares, la conversación suele empezar por el frío, se preguntan cómo lo llevan y qué sistema utilizan para calentarse.

Y esto es hoy. En 1999, un año después de la guerra, “cuando todo se apagó”, una amiga estuvo cuatro años sin ascensor. Vivía en el 12º piso.

Ojo, yo en Barcelona soy igual de idiota. Vivo en un 3º y cuando el ascensor no funciona maldigo mi suerte, pero no está de más, de vez en cuando, recordar aquello de los first world problems.

Aprovecho para recomendar el fantástico blog de un español en los balcanes, escrito por un cantabrón que vino a trabajar a Kosovo, donde explica estas y otras muchas cosas del día a día al otro lado de Shengen.

El invierno de verdad y la serie del año

Llevo tres días en Pristina, es mi tercera visita, las dos anteriores fueron en verano. Ayer por la tarde estaba trabajando desde una cafetería con wifi y al volver al apartamento en el que vivo me encontré en una situación tragicómica. Resulta que aquí la temperatura no pasa de 0ºC y en las calles hay nieve, hielo y barro. Lo peligroso es el hielo de algunas esquinas y escalones.

Al salir del café y enfilar el paseo de vuelta sentí que mis pies resbalaban sobre el hielo. Y recordé una absurdez que tuvo lugar en Noruega hace varios años. De excursión a un glaciar con mi amigo Roger, se me ocurrió adentrarme con bambas. No me di cuenta del peligro hasta que oí los gritos del montañero que estaba de guardia. Solo avancé tres metros para hacerme una foto y, al girar sobre mí mismo para volver, noté la inestabilidad absoluta de mis pasos, así que me senté y salí del glaciar arrastrándome de culo.

Para más inri, mientras patinaba y recordaba este episodio, estaba sufriendo uno de los mareos que padezco desde hace varios meses y que los médicos, por descarte, atribuyen a la ansiedad. Así que me divertí pensando que la forma más segura de volver a casa sería gateando. Total, aquí no me conoce nadie y más de uno se partiría de risa, que es una de las mejores cosas que se pueden hacer por los demás.

Al llegar al apartamento estaba echando un vistazo a los premiados en los Globos de Oro. La serie ganadora ha sido Homeland, y Natyra, que es la razón por la que me encuentro en Kosovo, me ha preguntado si estaba de acuerdo. Le he dicho que me parece comprensible. Es una buena serie, pero si de mí dependiera, la mejor serie del año, sin ninguna duda, sería The Shadow Line.

Porque Homeland es muy entretenida, como Game of Thrones, o The Killing, y Downton Abbey es bonita, pero The Shadow Line es una locura. Es quedarse con la boca abierta y aplaudir en mitad de un episodio. Yo lo hago, y digo bravo. Bravo por Hugo Blick, guionista, director y productor. Un hombre, entre cuyos hitos, destaca por haber sido el joven Joker que mataba a los padres de Bruce Wayne en el Batman de Tim Burton.

Es una obra maestra, la serie negra definitiva, donde una escena, solo una, ya es un mundo.

The Shadow Line es una historia de policías y gángsters, complicada. Hay partes que sigo sin entender, pero qué más dá, otro motivo para verla de nuevo.

Me fascina el uso del sonido, lo impredecible, las interpretaciones, ese chalado llamado Jay Wratten… Y los títulos de crédito, con una de las canciones más bonitas que se han escrito en mucho tiempo:

Es una serie para minorías, no saldrá en los rankings, o tardará, pero ya es un nuevo clásico.