Todos contra Pitchfork

En una conversación reciente con Enrique Doza, y en alguna otra charla con amigos, hemos comentado el cansancio que nos produce la tendencia indie-mainstream de medios de referencia de la música moderna como Pitchfork.

Entendiendo indie como música independiente, hasta hace unos años las vías de difusión de este movimiento eran más limitadas y locales con pocas revistas, programas de radio, clubs y festivales. Había que hacer el esfuerzo de ir a buscar esa música que, por lo general, aportaba más a un grupo de personas con un criterio musical más exigente que la mayoría.

Lo de la música independiente, o alternativa, fuera de las majors, los sellos pequeños, y la filosofía de hago música para minorías y no me importan vender, no tiene ningún sentido. Poco nos importa si el disco lo publica Rough Trade o Sony. Si la música es buena aceptamos Beyoncé. Antes había que ir con más cuidado en los círculos cerrados, pero eso ya da igual… casi siempre. Porque a los programadores del FIB y Monegros les ha caído una somanta de palos por llevar a Julieta Venegas y David Guetta.

En los últimos años, gracias a las redes sociales, esta música moderna, indie o alternativa, llega a más personas. Lo cual es muy positivo, porque las tan criticadas faltas de vías de difusión son cada día mayores. Pero al mismo tiempo se produce una tendencia de escuchar lo mismo, lo más nuevo. Y los líderes de opinión como Pitchfork lo inundan todo, generalmente yanki o anglosajón, como si fueran Los 40. No son los únicos, no hay que ir tan lejos.

A mí esta música me aburre, cuando sale alguien con talento el flechazo es inmediato, pero en general la mayor parte no me gusta ni me la creo. Tengo amigos que ya llevan más tiempo en la psicodelia que en la actualidad, decía Jimmy Edgar que no escuchaba música posterior a los noventa, a Ricardo Villalobos le va el jazz y la clásica, otros directamente se quedaron en Depeche Mode.

A mí me llenan mucho más el folklore y las músicas populares (y del mundo). Hace un par de años aterricé de La Habana directamente en el BAM, Plaça Reial, en un concierto de Patrick Wolf “vestido de baturrico” (Ramiro Benavides dixit). Yo, que venía del calor cubano, de la camiseta de tirantes y la minifalda, me encontré en medio de una farsa. Esto no es lo mío, yo soy más de congas.

En esta música, sobre todo indígena y negra, todo es más honesto, puro y original, hay menos contaminación y más instinto. Porque El Guincho está muy bien, pero el calypso, la salsa, la cumbia y África son anteriores y pasan desapercibidos para demasiados aficionados a la música. Por no hablar del jazz, el funk o el soul, otra historia, menos ignorada pero igual de injusta en proporción a la calidad de lo moderno.

Sigo cada semana escuchando todas las novedades que puedo, y llevamos una gran temporada con James Blake, Nicolas Jaar, Burial, Colin Stetson o Egyptrixx, por citar cinco nombres, para mí tan importantes y necesarios como Amador Ballumbrosio y el zapateo afroperuano.

A finales de los ochenta, con la explosión de la world music, parecía que por fin se iba a regularizar la recepción de sonidos de todo el planeta. (…) parece que ahora nos conformamos con sacar tres africanos al año y un par de latinos chic. (…) No encuentro en el planeta indie tantos jóvenes que superen a Seun Kuti, ni cuarentones que alcancen a Tiken Jah Fakoly. Apuesto a que hoy menos del diez por ciento de lectores de esta revista atenderían a una reunión de tótems como Oum Kalthoum, Héctor Lavoe, Rubén Blades, Violeta Parra o King Sunny Adé. ¿Por eso no los sacamos?”

Víctor Lenore, Rockdelux 293 (marzo, 2011)