Adios yayo

Hace tres madrugadas que falleció mi abuelo en el Casal de Curació de Vilassar. Llevaba años, meses y semanas en los que su salud empeoraba, lentamente al principio, y muy rápido en los últimos días, por lo que ha sido un alivio, por su propio sufrimiento y el de todos.

Mi abuelo Ginés nació en La Unión, Murcia, hace 85 años y pronto emigró a Barcelona. Sé que de chiquillo, durante la Guerra Civil, mientras caían bombas, recogía colillas por la calle para que su padre las fumara. Sé que se sacaba unas perras jugando al billar y que en las salas de baile no le costaba recibir el permiso de las madres para bailar con sus hijas.

Hizo la mili en la marina y no sabía nadar. Se casó con mi abuela, fue padre, y ante la escasez se marchó a trabajar a Suiza. Él y sus colegas leyeron mal un anuncio en el periódico y se plantaron en Zurich esperando la panacea en el trabajo cuando solo había un puesto. Por unanimidad decidieron que se quedara mi abuelo, al ser el único que debía mantener a una familia.

Nunca dejó de trabajar, de paleta o de lampista. Vivó en la Trinidad y en las casas baratas de Horta. Se construyó una casa en Alella y cambió Barcelona por el Maresme: Masnou, Vilassar y Mataró. Fue un catalán que nació en Murcia.

Su gran afición era construir maquetas de barcos que luego regalaba para devolver favores y simpatías. También pintaba y dibujaba. Tenía un taller en el que pasaba horas con la madera. Cuando de pequeño me preguntaban qué quería ser de mayor, yo decía carpintero, como el yayo.

Para mí fue mi abuelo, con todo el valor que pueda tener. Me llevó al Camp Nou por primera vez, el barça ganó al Betis por 4-2. Enmarcó mil pesetas de mi primer sueldo y me enseñó a conducir en el párking de un Pryca. Jugábamos a tenis y me llevaba a las obras donde trabajaba. Recuerdo los paseos con los perros por el pinar de Alella, mientras cantaba tangos de Carlos Gardel, y sentarnos a la sombra, él con su Lucky Strike sin filtro y una cerveza fría.

También recuerdo el último tango que bailó con mi abuela, hace muchos años, antes de que se le estropeara la rodilla. La quería mucho.

Tenía un gran sentido del humor, quiero creer que lo heredé. Era amigo de todos, hablaba con todo el mundo, y le apreciaban mucho. En sus últimos días en el Casal de Curació no podía moverse pero cuando tenía una mano cerca la cogía y le daba un beso. Sus últimas palabras fueron para su madre.

La mayor alegría, la que ha dado sentido a su vida, es cuánto nos ha dado y cuánto le hemos querido. Yo no puedo estar más orgulloso de ser su nieto y llevar su sangre. Siempre estará con nosotros.