Adios yayo

Hace tres madrugadas que falleció mi abuelo en el Casal de Curació de Vilassar. Llevaba años, meses y semanas en los que su salud empeoraba, lentamente al principio, y muy rápido en los últimos días, por lo que ha sido un alivio, por su propio sufrimiento y el de todos.

Mi abuelo Ginés nació en La Unión, Murcia, hace 85 años y pronto emigró a Barcelona. Sé que de chiquillo, durante la Guerra Civil, mientras caían bombas, recogía colillas por la calle para que su padre las fumara. Sé que se sacaba unas perras jugando al billar y que en las salas de baile no le costaba recibir el permiso de las madres para bailar con sus hijas.

Hizo la mili en la marina y no sabía nadar. Se casó con mi abuela, fue padre, y ante la escasez se marchó a trabajar a Suiza. Él y sus colegas leyeron mal un anuncio en el periódico y se plantaron en Zurich esperando la panacea en el trabajo cuando solo había un puesto. Por unanimidad decidieron que se quedara mi abuelo, al ser el único que debía mantener a una familia.

Nunca dejó de trabajar, de paleta o de lampista. Vivó en la Trinidad y en las casas baratas de Horta. Se construyó una casa en Alella y cambió Barcelona por el Maresme: Masnou, Vilassar y Mataró. Fue un catalán que nació en Murcia.

Su gran afición era construir maquetas de barcos que luego regalaba para devolver favores y simpatías. También pintaba y dibujaba. Tenía un taller en el que pasaba horas con la madera. Cuando de pequeño me preguntaban qué quería ser de mayor, yo decía carpintero, como el yayo.

Para mí fue mi abuelo, con todo el valor que pueda tener. Me llevó al Camp Nou por primera vez, el barça ganó al Betis por 4-2. Enmarcó mil pesetas de mi primer sueldo y me enseñó a conducir en el párking de un Pryca. Jugábamos a tenis y me llevaba a las obras donde trabajaba. Recuerdo los paseos con los perros por el pinar de Alella, mientras cantaba tangos de Carlos Gardel, y sentarnos a la sombra, él con su Lucky Strike sin filtro y una cerveza fría.

También recuerdo el último tango que bailó con mi abuela, hace muchos años, antes de que se le estropeara la rodilla. La quería mucho.

Tenía un gran sentido del humor, quiero creer que lo heredé. Era amigo de todos, hablaba con todo el mundo, y le apreciaban mucho. En sus últimos días en el Casal de Curació no podía moverse pero cuando tenía una mano cerca la cogía y le daba un beso. Sus últimas palabras fueron para su madre.

La mayor alegría, la que ha dado sentido a su vida, es cuánto nos ha dado y cuánto le hemos querido. Yo no puedo estar más orgulloso de ser su nieto y llevar su sangre. Siempre estará con nosotros.

Volver a Carcelona, con Marc Caellas

Marc estaba ayer en Bogotá, donde ha dirigido Las Listas en el Festival Iberoamericano de Teatro, pero luego volaba a Caracas. Es difícil seguirle la pista, así que aprovechando su última visita a Barcelona, quedamos para charlar sobre Carcelona (Melusina, 2011). El blog que luego se convirtió en libro. Un ensayo que despeja dudas, lúcido y divertido, entre los que creemos que algo va mal en la mejor ciudad del mundo. Esta semana estará disponible en formato digital en Sigueleyendo.es

Vuelves a Barcelona, pero solo dos semanas…
Como no estuve cuando se presentó Carcelona, y mi hermana está embarazada, me apetecía venir. Pero a los cinco días ya me estaba arrepintiendo porque podría estar en una playa tocándome los huevos.

Carcelona ha tenido buena acogida…
La verdad es que sí, ha habido buenas reseñas, excepto en la prensa generalista, porque es precisamente lo que uno critíca.

Pàmies…
Pàmies me daba un colleja.

Él decía que a tí mismo se te podrían aplicar algunas de las cosas que criticas.
Claro, que yo me podría exigir más. Pero venía a decir que el libro le gustaba hasta que criticaba a los de su gremio. Me pareció un poco gratuito, pero hablándolo con amigos, después de leer el artículo, tenían ganas de leer el libro o sea que…

La idea del libro parte de tu blog Carcelona, ¿cómo empezó?
Después de casi seis años en Caracas, a los cuatro días de volver a Barcelona empecé el blog. El nombre me lo inspiró mi hermana Mónica. Ya se había utilizado por colectivos anarquistas, pero ella me lo recordó: “Esto es Carcelona”. Y el primer post fue a raíz de un viernes que fui a jugar a fútbol sala con mis antiguos colegas. Entonces me acordé de mi infancia marista. Y a ellos los quiero mucho pero se han convertido en muchas de las cosas que…

Se han convertido en ciudadanos.
Son muy convergents. Hicimos un referéndum en el vestuario y de ocho, cinco votaban a Convergència. Y lo decían tranquilamente, lo cual me parecía sorprendente en gente de 35 años. Porque en mi entorno nadie más tenía ese perfil.

Y luego encontraste un hilo para ir explicando cosas.
El estilo de foto, texto y fragmento literario, mezclando autobiografía y ciudad, lo empecé en Bogotá, con el blog Inquietudes. Luego lo apliqué a Barcelona, con el matiz de que quiero a mi ciudad, pero vista casi como un extranjero.

Además venías casi del Caribe, de la locura latina.
Caracas es Caribe, aunque no esté físicamente, culturalmente es Caribe. Venezuela debería estar en los mapas junto a la República Dominicana. Tiene más en común con las islas que con Sudamérica. Quizá la parte andina de Mérida, pero en general, el país en sí, con lo bueno, esa inmediatez caribeña, el hedonismo, y con lo malo, el caos y el desorden, es Caribe.

¿Esa parte negativa del caos no la echas de menos en Barcelona?
Por supuesto. Me irrita el orden extremo de aquí. La voluntad de querer controlarlo todo. En el libro hay una cita de Josep Pla que dice que no se puede higienizar todo. Lo importante es que las cosas fluyan. Si se estancan las aguas, se pudren.

¿Ésa es la idea de fondo? ¿El exceso de control?
Es una mezcla de excesos, también de buenísmo, estilo socialista, esa idea en plan ONG de que todos podemos hacer algo y limpiar nuestra culpa. Si reciclas ya eres un buen ciudadano y no tienes que pensar que quizás el tema no es reciclar sino por qué cada semana hay que comprar un envase o un teléfono nuevo. Nadie se para a pensar que en lugar de reciclar la botella de Coca-cola, lo mejor sería ir cada día con la misma para que nos la volvieran a llenar. O la gente que pide un carril bici como si eso les fuera a solucionar la vida y sigue teniendo coche. Es esta idea de quedarse siempre a medias, de quedarse tranquilos: Somos civilizados. Esa patraña del seny, de ser assenyats, que se dice aquí.

Tú eres crítico con muchas cosas, pero la mayoría de la gente valora que la ciudad esté más limpia, que las carreteras estén en buen estado, que el transporte público funcione… No tienen nada de qué quejarse mientras nosotros nos indignamos. ¿Tiene sentido?
Para mis amigos de Caracas o de Bogotá les parece como una pose, porque la ciudad es como dices tú, pero cuando uno se para a pensar en que el metro sea tan perfecto, te preguntas si en cada parada hace falta que haya cinco ascensores. Y ahora te das cuenta de que hay que recortar en sanidad para sostener eso. El otro día iba con mi padre por los Túnels de Vallvidrera y flipé. Parece una película futurista. ¿Hace falta ser tan perfectos? Me dijo que hay un Teletac que detecta cuánta gente hay en el coche. Si van tres pagas menos, y yo decía, ¿pero qué hay que hacer? ¿saludar? Es un invento tan sofisticado que la concesionaria seguirá cobrando para amortizarlo.

Es el progreso…
Es un falso progreso. Cada vez más gente no tiene trabajo, o duerme en los cajeros, que lo quieren tapar pero lo notas, y hay un mal rollo general que se percibe si vives aquí. A mí lo que me gusta de vivir fuera es que cuando vengo a Barcelona la disfruto más. Barcelona es fantástica para quince días. Siempre gana en las encuestas porque es la ciudad perfecta para ir de visita.

¿A qué crees que se debe este mal rollo de la calle?
Lo que hace feliz a la gente en realidad no es el buen estado de la carretera, sino tener una buenas relaciones personales, follar bien, poder tomarse unas copas con los amigos sin pensar que no llega para pagarlas, o el preguntar a alguien en la calle y que no te mire mal porque se piensa que le estás vendiendo algo. Son estos intangibles que aquí cada vez están peor.

La no felicidad general de la gente se contagia. Quizá en el Caribe, con esa locura tropical, hay más margen para perderse, pero aquí como ya lo tienes todo, has de llenar las horas, ser el buen ciudadano, el buen marido, y al final acabas…
Lo que te hace estar incómodo es que a cada hora del día hay una exigencia. Parece que estés programado para ser de una forma. Por la mañana ver al Cuní o quien toque, llegar al trabajo, saludar a todos, bajar a las once a tomar el café con tus compañeros de oficina con los que no tienes nada en común, y no hablar de nada porque todos están pendientes de si le van a quitar el puesto a uno o a otro. Luego irte a comer esos menús, que en su día eran buenos, pero ahora es como hacer comida mala a propósito, en plan yankee, comer para alimentarte.

Luego está el perfil catalán que, comparado con otras regiones de España o del extranjero, también es particular. En una entrevista para Rockdelux, David Rodríguez, de Beef, decía: “Cataluña me parece una paletada. Es una sociedad retrógrada y reaccionaria; España en general me lo parece, y el mundo cada vez más, pero Cataluña me da rabia porque es de donde soy. Se ha perdido el olor a fritanga y la vida en la calle; han sustituido la alegría de vivir por la alegría de ser de un sitio”.
Eso conecta con la farsa nacionalista. Que en Barcelona es doble, porque es Barcelona y es Catalunya. La idea de ciudad-marca. Barcelona debe ser de los pocos sitios de España donde no hay tapas. También es cierto que nos referimos a una parte y la tomamos como un todo, que sería Gràcia, Eixample, Raval. Luego cuando voy a casa de mi abuela en Nou Barris veo otras cosas.

Yo vivo en Gràcia, y queda algún bar, pero luego vas a la Barceloneta, al Leo, típico bar español de mierda, y haces fotos…
Claro, antes de que sea una reliquia. A ver, yo soy catalán, y no voy a dejar de serlo, ni por este libro ni por vivir mil años fuera, pero hay un modo de ser que aquí se confunde. Por ejemplo la perversión del nacionalismo. En España siempre ha habido bromas sobre el caracter de los catalanes o de los andaluces, que precisamente es su riqueza. Y antes se hacía con total naturalidad, se decía que somos tacaños y secos, y lo somos, igual somos más pragmáticos, o trabajadores, que también sería discutible. Pero ahora es una crítica política, de enfrentar.

Buena parte de esta culpa es de los propios políticos.
Y de los medios de comunicación. Te das cuenta de lo influenciables que somos, cómo gente tan inteligente no sale de ese círculo.

Luego están los medios de aquí, si no sales de TV3 o Catalunya Ràdio te encierras en el establishment.
En TV3 dedican mucho tiempo en los informativos a los políticos. Yo en otros países no he visto tanto minutaje dedicado a los políticos. Si sumas la información del Barça llenas medio telediario. Y es lo mismo por la mañana, por la tarde y por la noche. Lo sorprendente es que esto acabe afectando a las relaciones personales. Intentas salir un miércoles y te dicen que no, que mañana hay que trabajar. ¿A alguien le ha pasado algo por ir a trabajar durmiendo cuatro horas en lugar de siete? Si lo haces cada día, vale, pero parece la gran transgresión. Se ha perdido la espontaneidad. En Caracas sales a la presentación de un libro y acabas en un fiestón a las 4 de la mañana por las dinámicas que se crean. Aquí nos autocensuramos: “Vámonos a casa, que ya es tarde”, es como si la gente fuera con el freno de mano.

Pero si te dejas llevar por esa inercia te alejas de Europa y entras en el descontrol latino…
Caracas es el extremo opuesto, porque es una ciudad muy explosiva, pero hay soluciones intermedias, como Buenos Aires, o Sao Paulo, donde hay cierto equilibrio entre el pragmatismo europeo y la espontaneidad latinoamericana.

Copito de nieve es un referente de Carcelona…
La historia de Copito es un disparate desde el inicio, que lo capturen en la selva y luego lo sienten en una silla del Ayuntamiento. O cuando le obligaban follar para que se reprodujera. Juan Terranova hizo una reseña del libro y explicaba que, cuando fue a ver a Copito, lo encontró lanzando lechugas contra el cristal que le separaba del público.

Bueno, yo lo he visto lanzando su propia mierda.
Claro, es que de Copito hay imágenes sonriendo, pero después de tanto tiempo llegó un punto en el que debía estar hasta los cojones. Los gorilas (por algo venimos de ellos), tienen una capacidad de raciocinio que el tipo ya debió entender muchas de las cosas y estaba harto de follar, tener hijos y que le dieran yogures desnatados. Toda esa tontería…

Es un síntoma.
Que también lo hubo con la orca Ulises, las dos celebrities animales que hemos tenido aquí. La orca, por suerte, no cabía en la piscina, y la traspasaron a los Miami Dolphins.

¿Aquí se vive mal?
No, a mí cuando me preguntan de fuera digo que yo he intentado siempre pasarlo bien.

¿Hay algo que se pueda hacer más allá de criticar?
Lo jodido es que no sé qué se puede hacer.

Porque te dirán que criticar está muy bien, pero hay que aportar algo.
Lo que se puede hacer es que cada uno, con su actitud, cambie las cosas. Yo en el libro intento obligar a plantear cosas. En algunos casos recomiendo a gente a quien se le debería hacer más caso. Más allá de eso, sobre qué se puede hacer, se trata de educar el pensamiento crítico. Pero es algo que no toco en el libro porque se me escapa y hay que analizarlo bien. Es el tema de la educación pública, como el catalán, que yo soy catalanoparlante y me parece bien, pero eso tapa otras cosas. En los informes Pisa, que no sé qué credibilidad tienen, España sale mal parada y Catalunya peor.

¿Sabes que el quinto nombre de mujer más común en Catalunya es Josefa?
Cuando ves que en los referendums solo el 8% de los ciudadanos van a votar te preguntas a quién le importa realmente esto. El otro día Lucía Litjmaer me decía que Barcelona era como una de esas fiestas en las que llevas muchas horas, vas al baño y cuando sales te das cuenta de que estás borracho y toda la gente interesante ya se ha ido. Pero la fiesta sigue y te quedas, y eres consciente por un momento de que es un coñazo, pero qué vas a hacer.

De todas las ciudades en las que has estado, ¿en cuál te has sentido más cómodo?
Es que yo tengo una incomodidad general, a mí me gusta moverme. Me sentí muy a gusto en Caracas, pero cuando empecé a sentirme a disgusto me fuí y no volvería a vivir allí. Bogotá tiene el problema de la altura. Casi todas las ciudades tienen sus cosas en realidad. No he encontrado la ciudad ideal.

Igual no la vas a encontrar nunca.
No, pero me iré moviendo mientras tanto. Mi lugar creo que ha de ser aislado, en una isla del Caribe o en el continente, pero al lado del mar, y compaginar eso con alguna ciudad cerca, seis meses en cada sitio.

Y quince días en Barcelona.
Exacto, para decir hola a mi mamá, que no le gusta viajar. Ése es mi plan, y ya tengo varios lugares localizados.

Carcelona (Melusina, 2011)
marccaellas.com
@mcaellas

Cosas que pasan al otro lado de Schengen

Shengen es un pueblo de Luxemburgo de 500 habitantes donde se firmó un acuerdo en 1985 para suprimir fronteras entre la mayoría de los estados europeos. No todos los estados miembros firmaron, como Reino Unido, pero otros que no forman parte de la UE sí lo hicieron, como Noruega. La ventaja para el ciudadano de a pie es poder moverse libremente entre países sin llevar el pasaporte ni solicitar visados.

Hace varios años, cuando visité a mi amigo Sergio en San Petersburgo, grabé una entrevista con un colega suyo, Raúl, profesor de español, que bien podría resumirse concluyendo que el mundo, más allá de Shengen, es otro. Desde que estoy en Kosovo empiezo a entender algunas cosas.

Hace unos minutos leía en Facebook a un amigo de Barcelona que se quejaba de que lleva un día sin gas en casa, y que parece que el problema tardará en arreglarse porque afecta a medio barrio. Un vecino comentaba que estaba con dos radiadores, helado de frío, que no pasaba de 9º, mientras otro le daba ánimos quejándose de vivir en un país de pandereta.

En Barcelona la temperatura ahora mismo es de 7º, en Pristina -8º. En mi zona el agua se corta cada día entre las 12 y las 16 h. aprox y desde las 23 hasta las 4 de la mañana porque la ciudad no tiene capacidad para depurar más rápido. No hay gas natural, y en casa es imprescindible tener velas y linternas para soportar los constantes apagones de luz. Solo el 15% de la ciudad dispone de calefacción central y tampoco es infalible.

El ruido de los generadores que usan los comercios es tan habitual como en verano el de las motosierras para cortar madera. Este invierno está haciendo tanto frío (hace dos semanas se llegó a 24º bajo cero) que la leña escasea. Cuando hay niebla, la ciudad se cubre de un manto de humo irrespirable.

El otro día salía en la tele un ancianito que había denunciado al ayuntamiento porque en su barrio, el Poble Nou, había baldosas “que bailan”. Y el señor se dedicaba a enganchar pegatinas de aviso en las aceras mientras sus vecinos le felicitaban.

En Kosovo es más seguro caminar por donde pasan los coches que por las aceras. Tengo un supermercado a escasos 50 metros de mi apartamento y no puedo levantar la vista del suelo. El motivo es una placa de hielo que seguirá allí, como mínimo, hasta la primavera. Cuando se juntan varios kosovares, la conversación suele empezar por el frío, se preguntan cómo lo llevan y qué sistema utilizan para calentarse.

Y esto es hoy. En 1999, un año después de la guerra, “cuando todo se apagó”, una amiga estuvo cuatro años sin ascensor. Vivía en el 12º piso.

Ojo, yo en Barcelona soy igual de idiota. Vivo en un 3º y cuando el ascensor no funciona maldigo mi suerte, pero no está de más, de vez en cuando, recordar aquello de los first world problems.

Aprovecho para recomendar el fantástico blog de un español en los balcanes, escrito por un cantabrón que vino a trabajar a Kosovo, donde explica estas y otras muchas cosas del día a día al otro lado de Shengen.

El invierno de verdad y la serie del año

Llevo tres días en Pristina, es mi tercera visita, las dos anteriores fueron en verano. Ayer por la tarde estaba trabajando desde una cafetería con wifi y al volver al apartamento en el que vivo me encontré en una situación tragicómica. Resulta que aquí la temperatura no pasa de 0ºC y en las calles hay nieve, hielo y barro. Lo peligroso es el hielo de algunas esquinas y escalones.

Al salir del café y enfilar el paseo de vuelta sentí que mis pies resbalaban sobre el hielo. Y recordé una absurdez que tuvo lugar en Noruega hace varios años. De excursión a un glaciar con mi amigo Roger, se me ocurrió adentrarme con bambas. No me di cuenta del peligro hasta que oí los gritos del montañero que estaba de guardia. Solo avancé tres metros para hacerme una foto y, al girar sobre mí mismo para volver, noté la inestabilidad absoluta de mis pasos, así que me senté y salí del glaciar arrastrándome de culo.

Para más inri, mientras patinaba y recordaba este episodio, estaba sufriendo uno de los mareos que padezco desde hace varios meses y que los médicos, por descarte, atribuyen a la ansiedad. Así que me divertí pensando que la forma más segura de volver a casa sería gateando. Total, aquí no me conoce nadie y más de uno se partiría de risa, que es una de las mejores cosas que se pueden hacer por los demás.

Al llegar al apartamento estaba echando un vistazo a los premiados en los Globos de Oro. La serie ganadora ha sido Homeland, y Natyra, que es la razón por la que me encuentro en Kosovo, me ha preguntado si estaba de acuerdo. Le he dicho que me parece comprensible. Es una buena serie, pero si de mí dependiera, la mejor serie del año, sin ninguna duda, sería The Shadow Line.

Porque Homeland es muy entretenida, como Game of Thrones, o The Killing, y Downton Abbey es bonita, pero The Shadow Line es una locura. Es quedarse con la boca abierta y aplaudir en mitad de un episodio. Yo lo hago, y digo bravo. Bravo por Hugo Blick, guionista, director y productor. Un hombre, entre cuyos hitos, destaca por haber sido el joven Joker que mataba a los padres de Bruce Wayne en el Batman de Tim Burton.

Es una obra maestra, la serie negra definitiva, donde una escena, solo una, ya es un mundo.

The Shadow Line es una historia de policías y gángsters, complicada. Hay partes que sigo sin entender, pero qué más dá, otro motivo para verla de nuevo.

Me fascina el uso del sonido, lo impredecible, las interpretaciones, ese chalado llamado Jay Wratten… Y los títulos de crédito, con una de las canciones más bonitas que se han escrito en mucho tiempo:

Es una serie para minorías, no saldrá en los rankings, o tardará, pero ya es un nuevo clásico.

Llafranc, Casamar y El Transistor

El camí de ronda es una ruta que se extiende por el litoral de la Costa Brava y que era utilizado por la Guardia Civil para vigilar el contrabando. El tramo que conozco es el que une Calella de Palafrugell con Llafranc. Es un paseo agradable, abarrotado en verano, pero que en temporada baja, cuando deja de ser una rambla turística y el sol no chamusca el olor a pino, se puede disfrutar la belleza del paisaje caminando entre higos chumbos y brisa marina sin demasiadas interrupciones. La ruta culmina con vistas a la bahía de Llafranc, que Josep Pla describe así en su guía de la Costa Brava:

Passada la Punta d’en Blanc, s’entra en aigües de la badia de Llafranc i es veu la població estesa sobre la platja -panorama nocturn, a l’estiu, inolvidable,-. Als extrems, a garbí i a llevant, les cases escalant la muntanya. (…) La platja de Llafranc, resguardada a llevant per l’enorme mola del Cap de Sant Sebastià, té, contemplada del mar estant, a segon terme, dos petits turons – El Puig d’en Bonet i el Puig de Rais – que formen dues línies indescriptiblement gracioses, que donen a la corba elegant de la sorra un moviment d’una gran vivacitat. (…) D’una altra banda, la platja és tancada a garbí per una altra paret rocosa que dona a la platja una corba recollida i arrodonida. Situeu ara entre els límits d’aquestes dues parets rocoses, dos o tres-cents metres de platja magnífica, amb una corba de mar que és una de les més fines, dolçes i elegants de la costa…

En la entrada de la bahía se encuentra el restaurante Casamar con su reciente primera estrella Michelin. Es el primer fin de semana desde el premio y probamos el menú de degustación. La cocina de Quim Casellas propone, como es lógico, productos de la zona, sin riesgos innecesarios y sutil en lo creativo.

El dry martini de aperitivo, el foie con magrana y cítricos, o la espalda de cordero, son excelentes. De postre, crema de naranja (en la foto), y parfait de almendra con helado de turrón, magníficos.

No entiendo de vinos, y menos de blancos. Aborrezco la mayoría de vinos que acompañan las paellas de fin de semana. Sé que me gusta seco, y que tengo más probabilidades de acertar si se trata de Sauvignon. La experiencia en Casamar marca un punto de inflexión, por decisión del sumiller, llamado El Transistor.

Dorado, complejo, poderoso y delicado, el vino es de Rueda, uva Verdejo de recogida manual. Explican en la web de la Compañía de Vinos Telmo Rodríguez que los viñedos son viejos. Casi sentimos que no hemos venido a comer sino a beber. Se llama así porque de noche, para echar a los jabalíes de la región con delicadeza, ponen un transistor junto a las viñas.

Andreas, popjuristen

Andreas Wendén es un abogado sueco especializado en música, moda y diseño, pero antes trabajó en la campaña de la fruta en Lleida y en la cárcel. Ha estado diez veces en Barcelona y en casi todos los Sónar. Ha vuelto para pasar una semana con sus padres y quedamos en el Bar Os Rios, pedimos pulpo y pimientos. Dice que la ciudad está más limpia.

La primera vez que viniste a España fue a Lleida.
Una amiga y yo queríamos ir en verano de voluntarios a una comuna agraria y acabamos en Lleida empaquetando fruta. Trabajábamos en cadena diez horas al día. Lo más divertido era cuando los marroquíes nos preguntaban qué hacíamos allí siendo suecos y no sabíamos qué responder. Al final nos pusimos de su lado contra los empresarios y aprendimos a decir “mucho trabajo, poco dinero”.

¿Dónde vivíais?
En un apartamento encima del almacén, éramos unos diez suecos que no sabíamos cómo habíamos llegado hasta allí.

Luego fuiste funcionario de prisiones.
Trabajé tres veranos en una cárcel vigilando a los presos, repartiendo medicinas, jugando a las cartas…

Tenías un amigo que te ofreció protección…
Bueno, no era mi amigo, no lo conocía de antes, pero uno de los presos me dijo: “Si alguna vez tienes problemas llama a este número y mi hermano te ayudará, ha matado a gente”.

Después acabaste derecho.
Y me vine a Barcelona un par de meses. Me gustaba el clima, la escena de clubs, la atmósfera era especial… Una de las razones por las que vuelvo es que tengo amigos aquí, conozco la ciudad, es fácil vivir.

¿Malmo es muy diferente?
No, también es fácil vivir allí. Es una ciudad universitaria, pequeña y relajada, diferente al resto de Suecia. Hay muchos extranjeros viviendo, cerca de un 40%, la gente es joven y está muy cerca de Copenague. Hay un túnel que conecta ambas ciudades en 20 minutos. Es más barata que Estocolmo y tiene una vida cultural intensa. El otro día iba caminando junto al canal y me pareció escuchar una canción que conocía, era The Field actuando en una plataforma flotante.
(…)
Ah, por cierto, la nueva cantante de Ace of Base sale con un amigo mío que es DJ de hard-techno, en su Facebook la puedes ver con camisetas de Underground Resistance y le gusta Robert Hood.

Web: Popjuristen

La policía en casa

Ayer por la mañana sonó un fuerte boom en la calle, como si hubiera caído algo. No hubo gritos ni llantos por lo que seguí durmiendo, era pronto. A las cinco de la tarde estaba viendo Transformers cuando sonó el interfono.

– ¿Quién es?
– Mossos d’esquadra.
– ¿Mossos?
– Sí, abra por favor.
– ¿Qué quieren?
– Abra y se lo explicamos.

Rápido me pongo una camisa y abro la puerta nervioso.

– Buenas tardes ¿usted tiene una jardinera en su balcón?
– No.
– Es que ha caído una a la calle.
– Ah, esta mañana escuché un ruido, creo que fue más abajo.
– ¿Podemos pasar?

Entran y vamos al balcón pasando por mi cuarto. Comprueban que no tengo ninguna maceta y miran hacia abajo. En ese momento pienso en marcarme un instragam con los mossos pero me contengo. Han visto que el segundo piso tiene un enganche para macetas sin maceta y tierra en el suelo.

– ¿Vive alguien abajo?
– Sí.
– ¿Los conoces?
– No mucho.
– ¿Son de tu edad?
– Mayores que yo. Con hijos.
– De acuerdo, gracias, y perdón por haberte despertado.

¿Despertado? No estaba durmiendo, el avispado detective habrá visto la cama revuelta y mi cara de empanado para sacar una conclusión FALSA. Puig dimissió.

Es la tercera vez que un policía entra en mi casa. La primera fue de niño cuando a la vuelta de un viaje descubrimos que nos habían robado. Los cacos dejaron una cuerda colgando de la terraza y una navaja en el lavabo. Nunca olvidaré la imagen al abrir la puerta y ver que la televisión ya no estaba.

La segunda fue en un piso de estudiantes en el que vivíamos una media de cinco personas. Aquel piso era un absoluto desastre. Una noche que volvía a casa no pude abrir, la llave no giraba y escuché ruidos en el interior. Se suponía que no había nadie y la puerta tenía unas rascadas, parecía forzada. Llamé a un compañero de piso y al conserje, que vivía en el bajo con su familia. Como ya habían entrado a robar en nuestro edificio esa misma semana llamé a la policía.

El hijo del portero era un macarrilla, animaba a su padre para enfrentarse a los ladrones. “¿Has llamado ya?”, me preguntó. Sí. “¿A quién?” Al 091. “Mierda, la nacional”, y estuvo un rato maldiciendo. No sé qué tratos tendría con la policía pero hace diez años no había mossos ni pensé en la guardia urbana.

Entonces llegó la nacional, con esa actitud tan española, de albañil con placa y pistola. En el rellano ya éramos ocho personas, una comedia. Intentaron abrir la puerta pero no se podía y el más mayor, no precisamente atlético, decidió entrar por el patio interior. Le señalé mi ventana y se enfiló mientras me pedía que le sujetara “la pata”. Yo lo vi muy inestable aquello, y cómico, pero entró. “Si esto estaba así, aquí no ha entrado nadie”. Falsa alarma. Los policías se marcharon, el macarrilla se fue con su scooter a buscar jarana a otra parte y el cerrajero nos costó una pasta.