El invierno de verdad y la serie del año

Llevo tres días en Pristina, es mi tercera visita, las dos anteriores fueron en verano. Ayer por la tarde estaba trabajando desde una cafetería con wifi y al volver al apartamento en el que vivo me encontré en una situación tragicómica. Resulta que aquí la temperatura no pasa de 0ºC y en las calles hay nieve, hielo y barro. Lo peligroso es el hielo de algunas esquinas y escalones.

Al salir del café y enfilar el paseo de vuelta sentí que mis pies resbalaban sobre el hielo. Y recordé una absurdez que tuvo lugar en Noruega hace varios años. De excursión a un glaciar con mi amigo Roger, se me ocurrió adentrarme con bambas. No me di cuenta del peligro hasta que oí los gritos del montañero que estaba de guardia. Solo avancé tres metros para hacerme una foto y, al girar sobre mí mismo para volver, noté la inestabilidad absoluta de mis pasos, así que me senté y salí del glaciar arrastrándome de culo.

Para más inri, mientras patinaba y recordaba este episodio, estaba sufriendo uno de los mareos que padezco desde hace varios meses y que los médicos, por descarte, atribuyen a la ansiedad. Así que me divertí pensando que la forma más segura de volver a casa sería gateando. Total, aquí no me conoce nadie y más de uno se partiría de risa, que es una de las mejores cosas que se pueden hacer por los demás.

Al llegar al apartamento estaba echando un vistazo a los premiados en los Globos de Oro. La serie ganadora ha sido Homeland, y Natyra, que es la razón por la que me encuentro en Kosovo, me ha preguntado si estaba de acuerdo. Le he dicho que me parece comprensible. Es una buena serie, pero si de mí dependiera, la mejor serie del año, sin ninguna duda, sería The Shadow Line.

Porque Homeland es muy entretenida, como Game of Thrones, o The Killing, y Downton Abbey es bonita, pero The Shadow Line es una locura. Es quedarse con la boca abierta y aplaudir en mitad de un episodio. Yo lo hago, y digo bravo. Bravo por Hugo Blick, guionista, director y productor. Un hombre, entre cuyos hitos, destaca por haber sido el joven Joker que mataba a los padres de Bruce Wayne en el Batman de Tim Burton.

Es una obra maestra, la serie negra definitiva, donde una escena, solo una, ya es un mundo.

The Shadow Line es una historia de policías y gángsters, complicada. Hay partes que sigo sin entender, pero qué más dá, otro motivo para verla de nuevo.

Me fascina el uso del sonido, lo impredecible, las interpretaciones, ese chalado llamado Jay Wratten… Y los títulos de crédito, con una de las canciones más bonitas que se han escrito en mucho tiempo:

Es una serie para minorías, no saldrá en los rankings, o tardará, pero ya es un nuevo clásico.

Llafranc, Casamar y El Transistor

El camí de ronda es una ruta que se extiende por el litoral de la Costa Brava y que era utilizado por la Guardia Civil para vigilar el contrabando. El tramo que conozco es el que une Calella de Palafrugell con Llafranc. Es un paseo agradable, abarrotado en verano, pero que en temporada baja, cuando deja de ser una rambla turística y el sol no chamusca el olor a pino, se puede disfrutar la belleza del paisaje caminando entre higos chumbos y brisa marina sin demasiadas interrupciones. La ruta culmina con vistas a la bahía de Llafranc, que Josep Pla describe así en su guía de la Costa Brava:

Passada la Punta d’en Blanc, s’entra en aigües de la badia de Llafranc i es veu la població estesa sobre la platja -panorama nocturn, a l’estiu, inolvidable,-. Als extrems, a garbí i a llevant, les cases escalant la muntanya. (…) La platja de Llafranc, resguardada a llevant per l’enorme mola del Cap de Sant Sebastià, té, contemplada del mar estant, a segon terme, dos petits turons – El Puig d’en Bonet i el Puig de Rais – que formen dues línies indescriptiblement gracioses, que donen a la corba elegant de la sorra un moviment d’una gran vivacitat. (…) D’una altra banda, la platja és tancada a garbí per una altra paret rocosa que dona a la platja una corba recollida i arrodonida. Situeu ara entre els límits d’aquestes dues parets rocoses, dos o tres-cents metres de platja magnífica, amb una corba de mar que és una de les més fines, dolçes i elegants de la costa…

En la entrada de la bahía se encuentra el restaurante Casamar con su reciente primera estrella Michelin. Es el primer fin de semana desde el premio y probamos el menú de degustación. La cocina de Quim Casellas propone, como es lógico, productos de la zona, sin riesgos innecesarios y sutil en lo creativo.

El dry martini de aperitivo, el foie con magrana y cítricos, o la espalda de cordero, son excelentes. De postre, crema de naranja (en la foto), y parfait de almendra con helado de turrón, magníficos.

No entiendo de vinos, y menos de blancos. Aborrezco la mayoría de vinos que acompañan las paellas de fin de semana. Sé que me gusta seco, y que tengo más probabilidades de acertar si se trata de Sauvignon. La experiencia en Casamar marca un punto de inflexión, por decisión del sumiller, llamado El Transistor.

Dorado, complejo, poderoso y delicado, el vino es de Rueda, uva Verdejo de recogida manual. Explican en la web de la Compañía de Vinos Telmo Rodríguez que los viñedos son viejos. Casi sentimos que no hemos venido a comer sino a beber. Se llama así porque de noche, para echar a los jabalíes de la región con delicadeza, ponen un transistor junto a las viñas.

Andreas, popjuristen

Andreas Wendén es un abogado sueco especializado en música, moda y diseño, pero antes trabajó en la campaña de la fruta en Lleida y en la cárcel. Ha estado diez veces en Barcelona y en casi todos los Sónar. Ha vuelto para pasar una semana con sus padres y quedamos en el Bar Os Rios, pedimos pulpo y pimientos. Dice que la ciudad está más limpia.

La primera vez que viniste a España fue a Lleida.
Una amiga y yo queríamos ir en verano de voluntarios a una comuna agraria y acabamos en Lleida empaquetando fruta. Trabajábamos en cadena diez horas al día. Lo más divertido era cuando los marroquíes nos preguntaban qué hacíamos allí siendo suecos y no sabíamos qué responder. Al final nos pusimos de su lado contra los empresarios y aprendimos a decir “mucho trabajo, poco dinero”.

¿Dónde vivíais?
En un apartamento encima del almacén, éramos unos diez suecos que no sabíamos cómo habíamos llegado hasta allí.

Luego fuiste funcionario de prisiones.
Trabajé tres veranos en una cárcel vigilando a los presos, repartiendo medicinas, jugando a las cartas…

Tenías un amigo que te ofreció protección…
Bueno, no era mi amigo, no lo conocía de antes, pero uno de los presos me dijo: “Si alguna vez tienes problemas llama a este número y mi hermano te ayudará, ha matado a gente”.

Después acabaste derecho.
Y me vine a Barcelona un par de meses. Me gustaba el clima, la escena de clubs, la atmósfera era especial… Una de las razones por las que vuelvo es que tengo amigos aquí, conozco la ciudad, es fácil vivir.

¿Malmo es muy diferente?
No, también es fácil vivir allí. Es una ciudad universitaria, pequeña y relajada, diferente al resto de Suecia. Hay muchos extranjeros viviendo, cerca de un 40%, la gente es joven y está muy cerca de Copenague. Hay un túnel que conecta ambas ciudades en 20 minutos. Es más barata que Estocolmo y tiene una vida cultural intensa. El otro día iba caminando junto al canal y me pareció escuchar una canción que conocía, era The Field actuando en una plataforma flotante.
(…)
Ah, por cierto, la nueva cantante de Ace of Base sale con un amigo mío que es DJ de hard-techno, en su Facebook la puedes ver con camisetas de Underground Resistance y le gusta Robert Hood.

Web: Popjuristen

La policía en casa

Ayer por la mañana sonó un fuerte boom en la calle, como si hubiera caído algo. No hubo gritos ni llantos por lo que seguí durmiendo, era pronto. A las cinco de la tarde estaba viendo Transformers cuando sonó el interfono.

– ¿Quién es?
– Mossos d’esquadra.
– ¿Mossos?
– Sí, abra por favor.
– ¿Qué quieren?
– Abra y se lo explicamos.

Rápido me pongo una camisa y abro la puerta nervioso.

– Buenas tardes ¿usted tiene una jardinera en su balcón?
– No.
– Es que ha caído una a la calle.
– Ah, esta mañana escuché un ruido, creo que fue más abajo.
– ¿Podemos pasar?

Entran y vamos al balcón pasando por mi cuarto. Comprueban que no tengo ninguna maceta y miran hacia abajo. En ese momento pienso en marcarme un instragam con los mossos pero me contengo. Han visto que el segundo piso tiene un enganche para macetas sin maceta y tierra en el suelo.

– ¿Vive alguien abajo?
– Sí.
– ¿Los conoces?
– No mucho.
– ¿Son de tu edad?
– Mayores que yo. Con hijos.
– De acuerdo, gracias, y perdón por haberte despertado.

¿Despertado? No estaba durmiendo, el avispado detective habrá visto la cama revuelta y mi cara de empanado para sacar una conclusión FALSA. Puig dimissió.

Es la tercera vez que un policía entra en mi casa. La primera fue de niño cuando a la vuelta de un viaje descubrimos que nos habían robado. Los cacos dejaron una cuerda colgando de la terraza y una navaja en el lavabo. Nunca olvidaré la imagen al abrir la puerta y ver que la televisión ya no estaba.

La segunda fue en un piso de estudiantes en el que vivíamos una media de cinco personas. Aquel piso era un absoluto desastre. Una noche que volvía a casa no pude abrir, la llave no giraba y escuché ruidos en el interior. Se suponía que no había nadie y la puerta tenía unas rascadas, parecía forzada. Llamé a un compañero de piso y al conserje, que vivía en el bajo con su familia. Como ya habían entrado a robar en nuestro edificio esa misma semana llamé a la policía.

El hijo del portero era un macarrilla, animaba a su padre para enfrentarse a los ladrones. “¿Has llamado ya?”, me preguntó. Sí. “¿A quién?” Al 091. “Mierda, la nacional”, y estuvo un rato maldiciendo. No sé qué tratos tendría con la policía pero hace diez años no había mossos ni pensé en la guardia urbana.

Entonces llegó la nacional, con esa actitud tan española, de albañil con placa y pistola. En el rellano ya éramos ocho personas, una comedia. Intentaron abrir la puerta pero no se podía y el más mayor, no precisamente atlético, decidió entrar por el patio interior. Le señalé mi ventana y se enfiló mientras me pedía que le sujetara “la pata”. Yo lo vi muy inestable aquello, y cómico, pero entró. “Si esto estaba así, aquí no ha entrado nadie”. Falsa alarma. Los policías se marcharon, el macarrilla se fue con su scooter a buscar jarana a otra parte y el cerrajero nos costó una pasta.

La primavera oscura

Si no puedo bailar, no quiero tu revolución. Emma Goldman

Esta no ha sido la primavera más alegre. En la calle nos zurraron los mossos, la #spanishrevolution es poco más que un hashtag y al esfuerzo habitual para solucionar el día a día en estos tiempos de crisis se suman el desencanto y la frustración de que nada mejora. Hay un clima general enrarecido y contagioso, de dificultad y desánimo.

En mi caso tuve unas semanas complicadas, me sacaron una muela de juicio con la mala suerte de que se produjo una comunicación bucosinusal. Había que intervenir de nuevo pero se retrasó por una infección de la bacteria Escherichia coli (antes del boom mediático para fortuna de mi hipocondría). Estuve de baja y perdí seis kilos en un mes y medio. Fue aburrido y agotador. También es cierto que aproveché la enfermedad y la imposibilidad de masticar para regular mi ligero sobrepeso con una dieta más equilibrada y algo de ejercicio. No me quejo, no sería justo, cada uno lleva lo suyo como puede.

Esta semana se celebra el Sónar y pronto empieza el verano. En Barcelona suele haber un rollo especial estos días gracias al festival. La gente tiene ganas de pasarlo bien. Hay mil fiestas en playas, terrazas y clubs. Robert Hood estará el jueves 16 en el Nitsa. Será la mejor forma de celebrar el final de esta primavera oscura.

Nuestra democracia basura

Reconozco que en las primeras horas de la #spanishrevolution he sido crítico con la protesta por la previsible ineficacia de las formas utilizadas por los manifestantes. Pero defiendo peticiones como modificar la ley electoral, listas abiertas o escaños proporcionales al número de votos. Plantearse la lucha contra el poder es inútil pero este tipo de propuestas relacionadas con nuestro sistema democrático tienen más sentido que recurrir a Marx.

El establishment, desde mítines a tertulias radiofónicas, ha denunciado estos días que se ponga en duda nuestra democracia, como si no hubiera mejor forma de llevarla a cabo y representar realmente a la ciudadanía.

El análisis que reproduzco a continuación sobre la participación ciudadana en la gestión pública, premiado en el congreso CLAD 2009 sobre Reforma del Estado y Modernización de la Administración Pública, explica con una claridad meridiana las deficiencias de nuestro sistema democrático.

He seleccionado los fragmentos que mejor explican cómo hemos llegado hasta aquí pero recomiendo la lectura del ensayo completo en el que también se muestran las ventajas de los procesos participativos para la gobernanza local. La autoría corresponde a Pedro Prieto Martín, presidente de la Asociación Ciudades Kyosei y doctorando del Dpto. de Cc. de la Computación de la Universidad de Alcalá.

A la muerte del general Franco, dictador que ocupó la jefatura del estado durante casi cuarenta años, se inició un proceso de reforma que, respetando los cauces de la legalidad franquista, pretendía instaurar un régimen democrático que favoreciese la modernización de España y permitiese su integración en el marco económico y político europeo. Desde el gobierno, que tenía una orientación de centro-derecha, se diseñó un sistema electoral que buscaba cumplir dos objetivos.

En primer lugar, debía limitar la fragmentación partidaria y ser capaz de producir gobiernos mayoritarios y estables, pues se los estimaba como imprescindibles para el éxito de la transición. En segundo lugar, se buscó formular un mecanismo que garantizase que el que sería el futuro partido del entonces presidente pudiese alcanzar, con el 36% de los votos que esperaba obtener, una cómoda mayoría absoluta.

Para ello, se abogó por un modelo con reparto de escaño pseudo-proporcional y con pequeñas circunscripciones provinciales que, por un lado, favorecía enormemente a los dos mayores partidos de ámbito nacional a costa, principalmente, del resto de partidos nacionales, y que por otro lado amparaba a los partidos conservadores frente a los progresistas. Este diseño electoral buscaba asimismo impedir que el Partido Comunista, legalizado apenas unos meses antes de las elecciones, obtuviera una influencia parlamentaria que se correspondiese con la fuerza política que entonces se le atribuía.

La estratagema resultó tan exitosa que dicho sistema electoral sigue aún vigente más de 30 años después. Los dos principales partidos de ámbito nacional se vieron tan beneficiados por él –en media recibieron, conjuntamente, un 16% de sobre-representación en las tres primeras elecciones– que no pudieron menos que refrendarlo en 1985, con carácter definitivo. Desde entonces han ido acaparando un porcentaje creciente del voto total, principalmente por causa de la concentración mediática que se ha producido en torno a ambos, pero en parte también por la influencia del propio sistema electoral en el comportamiento de los votantes, que tienden a votar a los partidos mayoritarios para maximizar la “utilidad” de su voto.

Hay, sin embargo, otro componente del sistema electoral español que tiene unas consecuencias anti-democráticas si cabe aún más severas. Tras cuatro décadas de dictadura en que los partidos políticos estuvieron proscritos, se intentó fortalecer las estructuras partidarias por medio de un sistema de listas cerradas y bloqueadas, de forma que fueran las direcciones de los partidos las que elaboraran las listas de candidatos que los ciudadanos podrían votar en cada circunscripción.

Sin duda, las listas cerradas y bloqueadas permiten a la dirección del partido ejercer un fuerte control y una férrea disciplina dentro de la agrupación. El problema es que al mismo tiempo vienen a quebrar el tan fundamental vínculo democrático entre el elector y el elegido, convirtiéndose la democracia en una “partidocracia”.

Quienes otorgan los cargos a los políticos no son ya los ciudadanos sino los partidos, cuyas jerarquías deciden el lugar de los candidatos en las listas electorales y, por consiguiente, si serán elegidos o no. En vez de líderes políticos sometidos al control de sus electores, con quienes mantienen un contacto y comunicación constante, lo que tenemos son profesionales de la política expertos en medrar dentro de las estructuras partidarias y acostumbrados, por tanto, a anteponer el interés y las consignas del partido a cualquier otra cosa.

Sólo tomando conciencia de que no es ante los ciudadanos que los políticos deben rendir cuentas, puede llegar a entenderse que el Parlamento, que debería operar como un santuario del diálogo democrático en pro del bien común, se convierta en ocasiones en una especie de circo romano en el que Sus Señorías se comportan peor que los macarras del instituto durante la clase de literatura (Díez, 2007).

Las listas cerradas y bloqueadas generan asimismo dinámicas perniciosas por el lado del ciudadano. Puesto que no es posible ejercer ningún control directo sobre los políticos, desaparece el estímulo para informarse sobre ellos, hasta el punto de que la mayoría de las personas no conocen más allá del segundo integrante de las listas electorales de su provincia. Al final, al ciudadano no le queda otra posibilidad que establecer con los partidos políticos una relación similar a la que mantiene con los equipos de fútbol: podrá alentarlos, abuchearlos y hasta identificarse con sus colores, pero no puede aspirar a determinar su juego.

(…)

Los políticos, en España y el resto del mundo, se ven por tanto obligados a enfrentar un trascendente dilema: ¿Dónde encontrar la voluntad con la que cambiar las reglas actuales si son precisamente ellos quienes más se benefician de ellas? Es más, son esas mismas reglas las que les están escudando ante mayores demandas de cambio y las que por tanto posibilitan que puedan mantener sus cargos y privilegios en el corto y medio plazo. Es ésta, sin duda, una paradoja de difícil resolución, pero no es la única ni la más grave de las que anidan en las psiques de los políticos.

(…)

Buena parte de la bonanza económica que España experimentó en la última década fue debida al espectacular boom inmobiliario que, amparado en la Ley del Suelo de 1998, promovió un modelo de desarrollo urbanístico de carácter no sostenible, que fomentó la especulación y generalizó la corrupción. Según las cifras oficiales, los precios de la vivienda crecieron entre 1997 y 2006 un 187%, para ir estabilizándose a lo largo de 2007 y seguramente estancarse o caer durante el 2008. El fin de este auge provocará, sin duda, una ralentización general de la economía española; su efecto sobre las finanzas municipales va a ser, sin embargo, mucho más dramático.

Durante los años del “boom del ladrillo” la gran mayoría de los municipios españoles recurrieron a las recalificaciones urbanísticas para incrementar su recaudación y mejorar su situación financiera. Desgraciadamente, los pingües ingresos extraordinarios provenientes de las recalificaciones favorecieron la indisciplina fiscal: en muchos casos fueron indebidamente utilizados para sufragar gastos corrientes y sobredimensionar la administración municipal, cuando no para la obtención delictiva de lucro personal por parte de políticos, funcionarios
y otros intermediarios.

Se extendieron así, por todo el territorio nacional, las prácticas de corrupción, la opacidad administrativa y el incumplimiento sistemático de las normativas urbanísticas, hasta el punto de que entre 2000 y 2007 los medios de comunicación españoles llegaron a denunciar más de mil casos de supuestas irregularidades urbanísticas y presuntos casos de corrupción.

(…)

El modelo de participación ciudadana español presenta así, sobre todo al nivel “nacional”, un carácter restrictivo y controlador que, a efectos prácticos, no difiere mucho del utilizado ocasionalmente por regímenes de tipo dictatorial.

En su gran mayoría los españoles ignoran que existan otras formas de ejercer su ciudadanía que no sea a través de las elecciones, de la misma forma que no son conscientes del resto de desequilibrios existentes en el andamiaje democrático español. Cuarenta años de dictadura y, posteriormente, un notable trabajo de endoculturación a favor del statu quo realizado desde el sistema educativo y los medios de comunicación masiva, han extendido entre los ciudadanos la impresión de que la democracia básicamente consiste en elegir cada cuatro años entre las listas propuestas por los partidos políticos.

La situación tiene, sin embargo, visos de cambiar en los próximos años. El patente anacronismo de esta legislación se va a hacer más y más visible para una ciudadanía cada vez más crítica y crecientemente acostumbrada a ser consultada y a dar su opinión. Es más, una legislación obsoleta y restrictiva confiere mayor visibilidad a los movimientos críticos, cuyas campañas y acciones podrían servir para desanudar la, hasta ahora reprimida, demanda ciudadana de participación.

(…)

PRIETO-MARTÍN, P. (2010) (e)Participación en el ámbito local: caminando hacia una democracia colaborativa, Asociación Ciudades Kyosei, [http://is.gd/vG2og1]

DJ Timber: “Aprendí español escuchando boleros”

Timber es uno de los pocos DJs de Barcelona que pincha salsa dura de los 60 y 70 con vinilos si no el único. Es irlandés, bboy, rumbero y coleccionista de discos. Timber es una expresión de leñadores que se utiliza cuando un árbol cae, le pusieron este nombre porque caía bailando break dance (él prefiere llamarlo bboying). Salta de YouTube a Spotify, de la película 80 blocks from Tiffany’s a un vídeo de Ángel Canales llorando en Panamá. Este domingo por la tarde pincha su salsa brava en La Resistencia (Hospitalet).

¿Cuáles son tus primeras referencias musicales?
A los trece años empecé a escuchar hip hop. Desde niño me había gustado bailar como bboy. Un amigo me pasó un par de cintas de rap que escuché 20.000 veces. Fui entrando en el mundo del hip hop, pero buscando los breaks que utilizaban para samplear me di cuenta que más que el rap, lo que me gustaba eran los orígenes, la música negra y latina de los 60 y 70.

Y bailabas break.
Sí, practicábamos en un garaje. Éramos inocentes, teníamos un vídeo y copiábamos lo que veíamos. Luego conocí a los Belfast City Breakers y los Twins, quienes me ayudaron a entender la cultura bboying. Sigo bailando pero menos de lo que quisiera por molestias en la rodilla.

¿Qué aprendiste?
La actitud de que puedes hacer lo que quieras sin depender de nadie. Yo soy el que manda. El baile es un enfrentamiento, tú tienes que ser el más bravo, el más bueno y el más malo. Además es algo tuyo, nadie te va a decir cómo tienes que mover un dedo. El bboying es callejero, no hay academia, viene de la calle, como la salsa. También aprendes a ser humilde.

Luego empiezas a pinchar.
Un amigo se compró unos platos y vinilos de hip hop. Le dije que eso era una mierda que nadie usaba. Pero fui a su casa, hice un scratch y ya estaba enganchado.

¿Qué música te interesaba?
La que bailamos en el bboying. La descarga de la batería, el break, el punto más rítmico y con más energía del disco. Descubrí clásicos del funk como Its just begun, de Jimmy Castor o Apache, de Incredible Bongo Band. Pero no sabía por donde empezar. En Belfast solo había una o dos tiendas de discos especializadas, pero en Manchester quince. Fui a estudiar allí y me quedé. Me invitaron a bailar en una fiesta y les propuse que me dejaran pinchar. Nunca me había planteado dedicarme profesionalmente como DJ pero empecé a hacerme un nombre en el circuito inglés.

¿Y tu interés por la música latina?
La cultura del baile bboying viene de Nueva York, y en la segunda generación había negros y puertorriqueños. Por ejemplo, la base del boogaloo son ritmos latinos (guajira, cha cha cha) mezclados con ritmos afroamericanos. Se influyeron mutuamente.

Y empieza tu búsqueda.
Encontré cosas como Together de Ray Barreto, que es pura dinamita, Willie Colón y Héctor Lavoe, Roberto Roena, etc. Al principio solo buscaba canciones que tuvieran el sonido de la batería americana, del break, y como la salsa no la tenía, la dejé de lado. Pero fui afinando el sonido latino. Luego escuché el soul de Joe Bataan, Joey Pastrana, Fania Records, Azuquita, Paul Ortiz y la Orquesta Son… La energía de esa música es la misma del bboying, y quien no lo vea está ciego.

¿Qué encontraste en Barcelona?
Pensé que en esta ciudad no había nadie a quien le gustara la salsa buena, solo la que pinchan en discotecas como… Mejor no digamos el nombre para no hacer publicidad de los malos. Cuando fui a ciertos sitios pensé: ¿Dónde están el boogaloo, la descarga y el mambo? Todo sonaba igual, sin gracia.

Aquí no hay cultura del DJ o de la música latina.
Hay mucha gente que va a bailar salsa tres horas a la semana. A mí no me parece mal, el problema es que predomina eso, a diez euros la entrada y la copa. El negocio está allí, en la gente que lleva tres años bailando y no sabe quién es Héctor Lavoe. Bailan salsa para pasar el rato y conocer gente, no es por cultura musical.

De la música latina te interesa sobre todo la salsa dura ¿Por qué?
Porque es la salsa real, la verdadera, tocada por músicos, la salsa de hoy parece que está hecha con ordenador, y a mí me gusta el toque humano.

La salsa actual es monótona.
Está muy bien para la gente que quiere aprender a bailar porque todo suena igual, es un patrón sin variación. Pero si escuchas a Cachao o Joey Pastrana, es diferente. Siguen un ritmo determinado pero también juegan con él. Es lo que da alegría a la música. La salsa comercial tiene sentido para aprender a bailar pero lo importante es salir de ahí lo antes posible. Porque no tiene swing. Esa salsa tiene su sitio, pero no es el mío.

Decía Mongo Santamaría que el guagancó nació cuando los afrocubanos intentaron cantar flamenco.
¿Ah sí?

Lo pone en la Wikipedia.
La salsa es africana, luego es cubana, puertorriqueña, y neoyorquina.

Pero entre África y Cuba está…
Europa.

Está España.
Y Francia, por el danzón.

Pero es la música de los colonizadores españoles y la de los esclavos africanos la que deriva en el son cubano y después en la salsa.
Y luego los cubanos como Machito se fueron a Nueva York en los años 40 a escuchar a los grandes del jazz y acabaron tocando juntos a las cuatro de la mañana con una botella de ron. Y emigraron los puertorriqueños, que son los padres de la gente que empezó con el break, los nuyoricans, nacidos en Nueva York pero con su identidad latina.

Y tú conectas con eso siendo irlandés.
Sí, porque los primeros bboys venían del gueto. Y en Irlanda del Norte había otro tipo de gueto por la división entre católicos y protestantes, donde tienes que estar en un lado u otro, porque si te quedas en medio estás solo. Yo quería salir de ahí y entrar en algo creativo que no fuera la violencia, muy dominante en la cultura de mi país. El 90% de la gente no quiere pero todos están metidos de una forma u otra. Casi todas las escuelas son protestantes o católicas, enemigas.

¿Cuál era tu situación?
Mi madre es profesora de piano y traía alumnos a casa de ambas escuelas que luego eran amigos míos. Con siete años mis compañeros de clase me decían que los otros eran unos hijos de puta. Y yo les explicaba que mi amigo Paul iba a esa escuela y era buena gente. No lo entendía, iba un poco perdido. Por eso conecté con el hip hop. Cuanto más aprendí más pude relacionar mi pasado como adolescente en Irlanda del Norte con lo que ocurrió en Nueva York, aunque eran circunstancias completamente diferentes.

¿No te sorprende a tí mismo tu pasión por la salsa? Eres de Belfast. África y el Caribe están muy lejos.
Es cierto, pero en Irlanda también tenemos música de tambores. Lo que hicieron los celtas supongo que no es muy lejano de lo que hicieron en África.

Digamos que en todas las culturas los orígenes de la música son tribales.
Y luego es que, independientemente, es música muy buena. A mí me encanta la comida tailandesa y tengo menos de asiático que de español. Pero yo llegué a la salsa después de un largo camino.

¿Es lo que más te interesa ahora?
Escucho más salsa que cualquier otra cosa. Además me encanta la lengua española, es mucho más bonita que la inglesa.

Tienes una mezcla de acentos latinos al hablar.
Aprendí español escuchando boleros, porque con guaguancó, mambo o guaracha no me enteraba de nada. Y mirando entrevistas en YouTube con músicos latinos. Por eso a veces digo expresiones colombianas o puertorriqueñas que son de los 70, o sea, que es un caso más perdido aún porque hoy ya no se utilizan. También tengo muchos amigos de Colombia y Venezuela.

¿Pinchas regularmente en Barcelona?
Los viernes estoy en el Dostrece. Pero me muevo más en el extranjero, pinchando en festivales de bboying. Lo que sería bueno es tener un sitio para los rumberos, los amantes de la salsa dura. Parece que está arrancando, hay más actuaciones de orquestas y pincho más hoy que hace dos años pero me da igual si pincha otro, también quiero escuchar música buena y bailar.

¿Bailas salsa? ¿Cubana?
Salsa callejera, es una mezcla de estilos, voy jugando. Cuando bailo con alguien de academia que da mil vueltas es horrible. Las chicas me dicen que tengo que marcar más. Pero al bailar, la música te lleva, bailáis los dos, no es cuestión de esperar a que el hombre te haga hacer mil figuras. Eso no me interesa, yo doy dos o tres vueltas, o ni eso, puedo bailar solo.

DJ Timber y la Orquesta de Lenin Güiroloco Jiménez actúan este domingo 15 de mayo a las 17 h. en La Resistencia (Hospitalet de Llobregat).
Timbertron.blogspot.com

Todos contra Pitchfork

En una conversación reciente con Enrique Doza, y en alguna otra charla con amigos, hemos comentado el cansancio que nos produce la tendencia indie-mainstream de medios de referencia de la música moderna como Pitchfork.

Entendiendo indie como música independiente, hasta hace unos años las vías de difusión de este movimiento eran más limitadas y locales con pocas revistas, programas de radio, clubs y festivales. Había que hacer el esfuerzo de ir a buscar esa música que, por lo general, aportaba más a un grupo de personas con un criterio musical más exigente que la mayoría.

Lo de la música independiente, o alternativa, fuera de las majors, los sellos pequeños, y la filosofía de hago música para minorías y no me importan vender, no tiene ningún sentido. Poco nos importa si el disco lo publica Rough Trade o Sony. Si la música es buena aceptamos Beyoncé. Antes había que ir con más cuidado en los círculos cerrados, pero eso ya da igual… casi siempre. Porque a los programadores del FIB y Monegros les ha caído una somanta de palos por llevar a Julieta Venegas y David Guetta.

En los últimos años, gracias a las redes sociales, esta música moderna, indie o alternativa, llega a más personas. Lo cual es muy positivo, porque las tan criticadas faltas de vías de difusión son cada día mayores. Pero al mismo tiempo se produce una tendencia de escuchar lo mismo, lo más nuevo. Y los líderes de opinión como Pitchfork lo inundan todo, generalmente yanki o anglosajón, como si fueran Los 40. No son los únicos, no hay que ir tan lejos.

A mí esta música me aburre, cuando sale alguien con talento el flechazo es inmediato, pero en general la mayor parte no me gusta ni me la creo. Tengo amigos que ya llevan más tiempo en la psicodelia que en la actualidad, decía Jimmy Edgar que no escuchaba música posterior a los noventa, a Ricardo Villalobos le va el jazz y la clásica, otros directamente se quedaron en Depeche Mode.

A mí me llenan mucho más el folklore y las músicas populares (y del mundo). Hace un par de años aterricé de La Habana directamente en el BAM, Plaça Reial, en un concierto de Patrick Wolf “vestido de baturrico” (Ramiro Benavides dixit). Yo, que venía del calor cubano, de la camiseta de tirantes y la minifalda, me encontré en medio de una farsa. Esto no es lo mío, yo soy más de congas.

En esta música, sobre todo indígena y negra, todo es más honesto, puro y original, hay menos contaminación y más instinto. Porque El Guincho está muy bien, pero el calypso, la salsa, la cumbia y África son anteriores y pasan desapercibidos para demasiados aficionados a la música. Por no hablar del jazz, el funk o el soul, otra historia, menos ignorada pero igual de injusta en proporción a la calidad de lo moderno.

Sigo cada semana escuchando todas las novedades que puedo, y llevamos una gran temporada con James Blake, Nicolas Jaar, Burial, Colin Stetson o Egyptrixx, por citar cinco nombres, para mí tan importantes y necesarios como Amador Ballumbrosio y el zapateo afroperuano.

A finales de los ochenta, con la explosión de la world music, parecía que por fin se iba a regularizar la recepción de sonidos de todo el planeta. (…) parece que ahora nos conformamos con sacar tres africanos al año y un par de latinos chic. (…) No encuentro en el planeta indie tantos jóvenes que superen a Seun Kuti, ni cuarentones que alcancen a Tiken Jah Fakoly. Apuesto a que hoy menos del diez por ciento de lectores de esta revista atenderían a una reunión de tótems como Oum Kalthoum, Héctor Lavoe, Rubén Blades, Violeta Parra o King Sunny Adé. ¿Por eso no los sacamos?”

Víctor Lenore, Rockdelux 293 (marzo, 2011)

La militancia del Nitsa

 

Hace unas semanas, con motivo de las jornadas Cau d’Orella, se debatió, en una de las mesas, sobre la Barcelona de los años 90. Participaban Albert Salmerón (Producciones Animadas), Fra Soler (Nitsa), Numaestro (Iberian Records), y David Puente (Clubbingspain.com). La primera conclusión fue que la década de los 90 empezó en el 95 ó 97. Explicaba Salmerón que en una de las primeras ediciones del Festival de Benicassim pincharon electrónica en un club y el público se quejó porque quería escuchar Oasis. Los mismos que al año siguiente saltaban con Chemical Brothers en el velódromo.

Se habló, entonces, de la coartada intelectual, del momento en el que a la electrónica se le reconocen unas virtudes de calidad y vanguardia gracias a un público minoritario que lee revistas, a la prensa, DJs, programadores, etc. Que en realidad son aficionados a la música que montan clubs, DJs que escriben, o incluso periodistas que salen de noche y bailan. El fenómeno crece rápido.

En mi caso, así lo expuse, después de vivir unos años en Madrid en los que no salí de Malasaña, vuelvo a Barcelona en el 98 con un disco de Daft Punk, dos de Chemical Brothers, y una cinta del sonido rave británico de principios de los 90. A la semana de llegar, les pongo la música a mis ex-compañeros del colegio y me dicen que vaya al Apolo.

Fuimos al Nitsa, y volvimos a la semana siguiente, y a la otra. Nos sacamos el carnet del plastic. El club enviaba a los socios un programa mensual. Era un libreto en el que por cada artista invitado había tres párrafos que explicaban su música, influencias, sello, etc. Aquellas lecturas eran apasionantes, yo no conocía a nadie. Mira, este día viene un japonés, vamos. Este no es un DJ pero va a hacer un directo con teclados. Acid house, no sé qué es. Este produjo a Primal Scream, vamos. Y al poco ya distinguías el sonido de Colonia, la IDM y el house de Chicago.

Planteé a la mesa que estos párrafos, en los últimos diez años, se habían reducido a un par de líneas. Fra contestó que antes, conseguir la información era más complicado y había que rebuscar en revistas extranjeras, y ahora ya llegaba por otras vías, Internet, etc. Pero el sentido de mi comentario era que en esos años ibas al club a descubrir música, a sorprenderte. Sabías que en el Nitsa encontrarías lo mejor que podía estar sonando en el mundo en ese momento y que, además, nunca antes habías escuchado (imposible hoy).


La sensación de entregarse y dejarse llevar, de saber que te van a sacudir. Sensación que hoy no se experimenta, porque hay menos riesgo en la programación, más oferta, nosotros consumimos música desde el sofá de casa y sin demasiada necesidad de evasión. El público de hoy imagino que sí la tiene pero quizás la ambición por la propuesta artística es menor.

“Lo que pasa es que os habéis aburguesado”, dice Alejandro Rodríguez (Bubisan), “y yo no hablaría de coartada intelectual sino de militancia”. Ahí coincidimos. Aquellos años íbamos a nuestro club. Subías las escaleras y te emocionabas al acercarte a la música. Ibas a ser feliz, era tu agujero. No había nada más, éramos militantes.

Recibías impactos por primera vez en tu vida como el macarrismo de Le Hammond Inferno, las locuras de Rephlex, el primer directo de Les Rythmes Digitales, Dave Clarke repartiendo estopa, la finura de Michael Mayer, Fantastic Plastic Machine rompiendo vinilos, Ian Pooley tropical, David Holmes pinchando soul, DMX Krew (qué bien sonó siempre el electro), Paul Johnson en el set de nuestra vida, etc. Y si el DJ era un desastre, daba igual, ahí estaban los residentes para levantar cualquier noche. Luego se inventaron lo del Astin y el Primavera Sound, y ahí estábamos.

Si volviera a tener veinte años mi club seguiría siendo el Nitsa, pero echaría de menos las alegrías techno-pop de la Picnic, tumbarme en la Def Room con aquella humareda densísima, entrar y salir, ciego y sordo, por la misma puerta. Me gustaba que durante media noche la única luz fuese la de la bola de espejos. Y me pondrían nervioso los veinte tipos con peto fosforito que te dicen cómo ponerte en la cola y dónde fumar. Pero este exceso de control es muy de nuestras ciudades. No hay otra.

Han pasado más de diez años, sigo escapándome un par de veces para ver a Robert Hood, Matías Aguayo o Ángel Molina. Se me pasaron Four Tet y Actress, iría para Nicolas Jaar y tengo ganas de una noche Desparrame. Perdí el carnet del plastic pero hay que mantener aquello de la juventud baila.

(La foto es de Alexander Robotnick).

Los artistas desconocidos

Hace varios años pasamos unos días en Bélgica, en casa de mi amigo Ruud. Vive alejado, en un camping de bungalows, y trabaja de repartidor. Nos llevó de excursión a un campo de concentración y luego a un lago. Ruud y yo nos conocimos hace muchos años, y nos hemos ido viendo, es un loco sano, superdotado en el cálculo de números, con curiosas y divertidas aficiones por la asociación de fechas, colores y personas, fascinado por la destrucción y el surrealismo, del que parece formar parte sin demasiado esfuerzo, es un outsider vocacional e inevitable.

A la excursión vino con su hermano Vincent, más joven. Apenas dijo algo al presentarnos. Enfilamos el camino hacia el campo de exterminio y al rato hablé con él. No recuerdo lo primero que me dijo pero lo segundo fue: “Cuando me ingresaron me inyectaron litio en la pierna”. Para los no enterados, las sales de litio son un fármaco que se utiliza para el tratamiento de alteraciones del ánimo como el trastorno bipolar o la depresión.

En las horas siguientes no dijo casi nada, siempre estaba alejado, intercambiamos varias frases. Me impactó su mirada, de inocencia y temor, parecía alegre pero no se atrevía a hablar con nosotros, producía desconcierto. Vincent sigue viviendo con sus padres en el mismo entorno rural que su hermano y ambos son aficionados a la pintura. Ruud me explicó que había estado ingresado y era muy complicado que mantuviera un trabajo, además de tener experiencias negativas con la droga. Desconozco su diagnóstico. Es amigo mío en Facebook, tiene pocos, si eso significa algo. Su muro está en blanco, a veces sube algún dibujo, nadie le dice “me gusta”.

Hace tiempo que no sé de él, la primera y única vez que lo ví fue hace cuatro o cinco años. Sus dibujos son tan sencillos como la casa de su tío o una playa con mucho sol y el agua muy azul. No tengo criterio para valorar su talento, a mí me gusta, quizás lo tiene.

Puede ser que esté tan apartado de todo y tan jodido que sus cuadros solo los veamos veinte personas en Facebook. Puede que si tuviera la energía y la fortuna suficientes llegara a desarrollar su carrera artística y ser reconocido, con la variedad de interpretaciones que eso significa. Es probable que solo se trate de un chaval con dificultades de adaptación social, más feliz jugando con los colores que en la escuela o el trabajo. Pero de lo que estoy seguro es que su pasión es comparable a la de sus paisanos los flamencos.

Y entonces me acuerdo de Arthur Russell, que en la mismísima Nueva York murió con centenares de cassettes amontonadas en una estantería, la mayoría con canciones inacabadas o versiones de la misma por las dos caras. Pasajes breves “as a work in progress”, sin llegar a ningún final, como sus Instrumentals Volume 1, que hoy podemos escuchar en Spotify: First thought best thought (Audika, 2006).

(Mi amigo no se llama Ruud, ni su hermano Vincent, tampoco son belgas, pero existen y viven cerca).