Shaqir Hoti: “El folk debe adaptarse a su tiempo”

Shaqir Hoti vive en un barrio alejado del centro de Pristina, en lo alto de una colina. Para llegar a su casa hay que subir una cuesta tan pronunciada que tuvimos que esperar unos días para no encallar en la nieve.

Cuando llegamos, Emine Vala, amiga que ejerce de traductora, y Eni Nurkollari, fotógrafo, nos invitaron al salón y nos sirvieron té, al estilo turco, como es habitual en Kosovo, con azúcar y limón. En la habitación, que conecta con la cocina, hay varias mujeres cocinando, el nieto que corretea por la sala y un hijo que entra y sale.

Supe de él cuando se organizó el festival de flauta de Pristina. Me hablaron de su taller, donde fabrica sus propios instrumentos, y de su trayectoria al frente de la música popular kosovar.

En mis estancias en Kosovo he echado de menos el folklore. Salvo por los gitanos con sus tambores, la música de influencia turca, y el tallava, que sería a la música balcánica lo mismo que el reggaeton a la salsa, apenas he escuchado sonidos autóctonos. Temo que Shaqir sea el último superviviente, y que Kosovo, más preocupado por su futuro, se olvide de su raíz musical.

Con el té en la mesa enciendo la grabadora del iPhone. Shaqir explica que en el folk albanés uno de los instrumentos más antiguos es una flauta hecha con materiales de la naturaleza que los padres daban a los niños para que tocaran mientras cuidaban a las ovejas.

Su primer contacto con la música fue en las montañas de Rugova, de niño, cuando tocando con un amigo, uno marcaba la línea de bajo y el otro la melodía principal. En 1954 fue a estudiar secundaria a Prizren, pues era la única escuela musical de Kosovo. Pero como no hablaba serbio, volvió a las montañas y aprendió el idioma con un diccionario. De vuelta en Prizren acabó el curso y completó los estudios superiores en música. En 1967 empezó a trabajar en la Orquesta de Radio y Televisión de Pristina como flautista y acabó siendo el director y productor.

En paralelo fundó la orquesta Azem Bejta, pieza clave en el desarrollo de la música popular kosovar, que llegó a emplear a 40 personas.

¿Qué dificultades había para difundir la música popular albanesa durante el régimen yugoslavo?
Musicalmente ninguna, pero sí con las letras. Cualquier palabra que tuviera una connotación nacionalista censuraba la canción. Era una cuestión ideológica. En los conciertos necesitabas que el repertorio fuera aprobado por tres organismos: la comunidad cultural local, el comité estatal y el Ministerio del Interior. Una vez tenías los sellos no se podía cambiar una palabra, y si el público pedía un bis no podía tocar una canción nueva sino repetir alguna de las anteriores.

¿Cuáles son las referencias musicales del folk albanés?
La primera muestra de música popular es el burimore, que podría traducirse como fuentes naturales, como el sonido del agua. Era una música muy simple y anónima, que expresó durante siglos nuestra forma de vivir. Los instrumentos eran muy sencillos. Yo no ví un piano hasta los 15 años. Y muchos de aquellos instrumentos se estaban perdiendo, como el lahuta (flauta travesera de madera). Antes, cada pueblo tenía un intérprete, pero ahora solo queda alguno en la ciudad de Shkodra. Sentí que era mi deber salvarlos.

¿Cómo?
Me he centrado en tres aspectos: volver a fabricar esos intrumentos, interpretar música con ellos, y componer música para otros instrumentos con las melodías del burimore.

En algunas regiones de occidente la música popular ha resurgido en la última decada, reivindicada por los jóvenes como signo de identidad. ¿Ha percibido lo mismo en Kosovo?
Justo después de la guerra, en el año 2000, hubo cierta demanda, pero no demasiada. El tallava ha sido lo que ha tenido más éxito, aunque este último año estoy notando interés de nuevo.

¿Qué hace para mantenerlo?
Intento tocar donde sea, nunca ignoro una propuesta y colaboro con artistas de pop o rock. El folk tiene una máxima y es que es música que se adapta a su tiempo, así que tenemos que adaptarnos a la época en la que vivimos. Para ser honesto, hasta el año pasado era muy escéptico sobre la supervivencia de la música popular pero vuelvo a ser optimista.

En el salón hay una mesa con un ordenador, tarjeta de sonido y altavoces. Shaqir abre un secuenciador y nos enseña sus últimas mezclas. Está grabando todas las canciones que recuerda, creando su propia base de datos digital. Luego nos lleva a su taller, es un viaje en el tiempo. Allí crea instrumentos con el hula hop de su nieta, con una tubería o con un rotulador. Veo una quijada de cabra sobre la mesa y una escopeta con agujeros que se toca como una flauta, dice que es un arma humanista.

Nos despiden con un buñuelo recién hecho, y le prometo que a mi vuelta le llevaré un disco de folklore español. Bajando por la cuesta, Emine me dice que vuelve con sentimientos encontrados. Siente lástima por su taller sin calefacción pero sale cargada de ilusión. Yo pienso en cómo habría cambiado su vida si Hoti hubiera nacido en San Francisco o Nueva York, pero dudo que hubiese sido más feliz.

Fotos: Eni Nurkollari

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