La militancia del Nitsa

 

Hace unas semanas, con motivo de las jornadas Cau d’Orella, se debatió, en una de las mesas, sobre la Barcelona de los años 90. Participaban Albert Salmerón (Producciones Animadas), Fra Soler (Nitsa), Numaestro (Iberian Records), y David Puente (Clubbingspain.com). La primera conclusión fue que la década de los 90 empezó en el 95 ó 97. Explicaba Salmerón que en una de las primeras ediciones del Festival de Benicassim pincharon electrónica en un club y el público se quejó porque quería escuchar Oasis. Los mismos que al año siguiente saltaban con Chemical Brothers en el velódromo.

Se habló, entonces, de la coartada intelectual, del momento en el que a la electrónica se le reconocen unas virtudes de calidad y vanguardia gracias a un público minoritario que lee revistas, a la prensa, DJs, programadores, etc. Que en realidad son aficionados a la música que montan clubs, DJs que escriben, o incluso periodistas que salen de noche y bailan. El fenómeno crece rápido.

En mi caso, así lo expuse, después de vivir unos años en Madrid en los que no salí de Malasaña, vuelvo a Barcelona en el 98 con un disco de Daft Punk, dos de Chemical Brothers, y una cinta del sonido rave británico de principios de los 90. A la semana de llegar, les pongo la música a mis ex-compañeros del colegio y me dicen que vaya al Apolo.

Fuimos al Nitsa, y volvimos a la semana siguiente, y a la otra. Nos sacamos el carnet del plastic. El club enviaba a los socios un programa mensual. Era un libreto en el que por cada artista invitado había tres párrafos que explicaban su música, influencias, sello, etc. Aquellas lecturas eran apasionantes, yo no conocía a nadie. Mira, este día viene un japonés, vamos. Este no es un DJ pero va a hacer un directo con teclados. Acid house, no sé qué es. Este produjo a Primal Scream, vamos. Y al poco ya distinguías el sonido de Colonia, la IDM y el house de Chicago.

Planteé a la mesa que estos párrafos, en los últimos diez años, se habían reducido a un par de líneas. Fra contestó que antes, conseguir la información era más complicado y había que rebuscar en revistas extranjeras, y ahora ya llegaba por otras vías, Internet, etc. Pero el sentido de mi comentario era que en esos años ibas al club a descubrir música, a sorprenderte. Sabías que en el Nitsa encontrarías lo mejor que podía estar sonando en el mundo en ese momento y que, además, nunca antes habías escuchado (imposible hoy).


La sensación de entregarse y dejarse llevar, de saber que te van a sacudir. Sensación que hoy no se experimenta, porque hay menos riesgo en la programación, más oferta, nosotros consumimos música desde el sofá de casa y sin demasiada necesidad de evasión. El público de hoy imagino que sí la tiene pero quizás la ambición por la propuesta artística es menor.

“Lo que pasa es que os habéis aburguesado”, dice Alejandro Rodríguez (Bubisan), “y yo no hablaría de coartada intelectual sino de militancia”. Ahí coincidimos. Aquellos años íbamos a nuestro club. Subías las escaleras y te emocionabas al acercarte a la música. Ibas a ser feliz, era tu agujero. No había nada más, éramos militantes.

Recibías impactos por primera vez en tu vida como el macarrismo de Le Hammond Inferno, las locuras de Rephlex, el primer directo de Les Rythmes Digitales, Dave Clarke repartiendo estopa, la finura de Michael Mayer, Fantastic Plastic Machine rompiendo vinilos, Ian Pooley tropical, David Holmes pinchando soul, DMX Krew (qué bien sonó siempre el electro), Paul Johnson en el set de nuestra vida, etc. Y si el DJ era un desastre, daba igual, ahí estaban los residentes para levantar cualquier noche. Luego se inventaron lo del Astin y el Primavera Sound, y ahí estábamos.

Si volviera a tener veinte años mi club seguiría siendo el Nitsa, pero echaría de menos las alegrías techno-pop de la Picnic, tumbarme en la Def Room con aquella humareda densísima, entrar y salir, ciego y sordo, por la misma puerta. Me gustaba que durante media noche la única luz fuese la de la bola de espejos. Y me pondrían nervioso los veinte tipos con peto fosforito que te dicen cómo ponerte en la cola y dónde fumar. Pero este exceso de control es muy de nuestras ciudades. No hay otra.

Han pasado más de diez años, sigo escapándome un par de veces para ver a Robert Hood, Matías Aguayo o Ángel Molina. Se me pasaron Four Tet y Actress, iría para Nicolas Jaar y tengo ganas de una noche Desparrame. Perdí el carnet del plastic pero hay que mantener aquello de la juventud baila.

(La foto es de Alexander Robotnick).

5 thoughts on “La militancia del Nitsa

  1. Es que aunque se intentara visitar cualquier otro club donde también se podía disfrutar de grandes fiestas, sí que hubo un tiempo en que Nitsa tenía algo especial, un sitio único, donde además uno se sentía cómodo; era una segunda casa a la que ibas y repetías cada semana casi por inercia…

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